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Año 2 #23 Septiembre 2016

Tres segundos es una eternidad

Un hombre lanza su orina sobre la barra de un bar: la mea sin pudor porque no lo han dejado pasar al baño. No es un caso, ni siquiera, del todo, un delito: apenas una contravención. A eso han reducido al inspector Vives: recluido en una comisaría de barrio, cumple la condena de los desterrados en una tarea innoble, mezquina, que se burla de él. Ahora, el gran inspector Vives, luego de un caso fallido, persigue contravenciones y rumia su venganza contra el comisario Bermúdez, el que le tendió la trampa que lo hizo quedar recluido en las pequeñeces de una dependencia barrial.

Vives, por su parte, consciente de que no pueden coexistir con Bermúdez en la fuerza, arma una celada para destronarlo; juega a todo o nada y no puede saber, en realidad, si ha logrado ganar.

 

Tres segundos es una eternidad, Vestales, Buenos Aires, 2016.


EL AUTO GRIS

Entonces, ve un auto. Un auto que avanza en sentido contrario, tiene las luces apagadas y es gris, gris como el cielo encapotado y como el asfalto mojado por la lluvia.

Un segundo después, el auto gris se pasa a su carril.

No lo puede creer, está avanzando a contramano. Le hace señales con las luces, pero el auto sigue su marcha directo hacia él.

Los separan doscientos metros. Sumadas ambas velocidades, ciento veinte kilómetros por hora cada una, colisionarán en tres segundos. Tres segundos es una eternidad cuando el cerebro humano trabaja con extremo estrés. A la mitad de la distancia, cien metros, decide acelerar. Sabe que apretar el freno es la peor de sus opciones. A cincuenta metros, es decir, a siete décimas de la colisión, el auto gris comienza a correrse hacia su derecha. A quince metros, ha dejado el espacio justo para que pase.

Cuando las trompas se cruzan, el comisario, haciendo un esfuerzo supremo por no cerrar los ojos, ahoga un grito de terror. Tiene las manos aferradas al volante y la respiración en suspenso. Ve rostros, no sabe cuáles.

El auto gris está pasando a su izquierda, quizá no lo maten, quizá pueda empezar de nuevo, quizá pueda volver. Pero, en la última milésima de segundo, la punta del guardabarros trasero izquierdo del auto gris toca levemente la cola del suyo.

Su auto corcovea enloquecido.

Durante ese instante fugaz, se dice sin palabras (no hay tiempo para palabras) que no tiene que apretar el freno. Y no lo hace, o quizá sí, quizás el sentido común del instinto hizo que su pie derecho rozarse el freno. Seguramente, porque su auto hace un trompo y sale despedido.

 

EL OHIO

El hombre abre al mismo tiempo las dos hojas de la puerta vaivén. Con la mirada fija hacia adelante, sin interesarse por el alrededor, camina con largos pasos hacia la barra.

Son las once de una mañana de julio, el sol se filtra suave por las ventanas del bar, el televisor mudo reproduce un noticiero que nadie mira y de algún lado asoma una música que repite indefinidamente los mismos dos acordes.

A esa hora, en El Ohio hay ocho personas. El mozo, treinta y cinco años, delgado y de mirada ladina; el encargado que atiende la barra, algo más de cuarenta, un poco más grueso, nervioso y de incipiente calvicie; un ayudante que prepara tostados y lava la vajilla, silencioso en su trajinar continuo; y cinco parroquianos. Ellos son: un viejo que está cerca de la ventana del fondo, que hace una hora lee el diario sin levantar la vista; dos muchachos de saco y corbata y una mujer vestida con un traje de tres piezas, que ocupan una mesa atestada de papeles, carpetas, teléfonos y restos de consumición; y, por fin, un joven de unos veinticinco años, ansioso hasta la desesperación, que ya ha pedido dos cafés y resulta evidente que algo le devora las entrañas.

El hombre que ha entrado se dirige hacia el encargado. Necesita algo, pero no puede pedírselo porque aquel está hablando por teléfono. Atento a su conversación, ni siquiera ha notado su presencia.

Espera. Cinco, diez, veinte segundos.

—Eso mismo, es lo que yo le dije —acepta el encargado.

El hombre levanta la mano derecha, el dedo índice extendido reclamando atención. Pero es inútil, porque el encargado en ese momento se agacha, abre la heladera que está bajo la mesada y busca algo.

—Tres, traeme tres —confirma mientras inspecciona.

El hombre se da vuelta hacia el mozo, incluso camina dos pasos hacia él. Pero, en ese instante, el mesero —chaqueta celeste y botones dorados, la bandeja y el trapo de rejilla en su mano izquierda— se dirige hacia el fondo del salón, allá donde está el señor mayor leyendo el diario.

Entonces, con el rostro demudado, el hombre gira hacia el encargado. Ahora, nuevamente erguido, está frente a él.

Va a decir algo, otra vez con la mano derecha levantada y el dedo índice extendido, pero en ese momento un sonido seco seguido por el estrépito de una bocina consigue atraer la atención de parroquianos y gastronómicos.

El encargado continúa hablando, pero ahora tiene la mirada retenida en el exterior, en un punto que está en la calle. Allí, un colectivo parece haber tenido un incidente con un Gol gris. El conductor se ha bajado y observa la parte trasera de su auto; detrás del colectivo, dos autos tocan las bocinas y se escucha una voz airada que exige apuro.

—¿Me permite? —dice por fin el hombre.

—Casi, casi se la da —explica el encargado, súbitamente entusiasmado por el alboroto—. ¡Es un demente! —afirma luego—. Te digo que la gente está muy nerviosa —exagera a sus anchas.

El hombre aguarda. Cierra los ojos, se pasa la mano derecha por la frente, que, si observamos bien, notaremos que está perlada de pequeñas gotas de sudor. Después, la mano alisa su cabello.

Espera, aunque sabe que el tiempo se le acaba.

Mira hacia la calle.

Por un segundo, su mirada se detiene en el colectivo. Aunque no entiende por qué le importa tanto al encargado, necesita atraer su atención, entonces simula que le interesa el choque: quiere establecer con él una complicidad que llame su atención.

Pero no lo consigue.

Pasan los segundos, al hombre le corren más lento que a cualquiera. Siente una puntada, aprieta los párpados y se inclina levemente hacia adelante.

—Señor... —dice con un hilo de voz.

—La gente está loca, ¡te digo que la gente está loca!

El hombre sabe que no tiene todo el tiempo del mundo, que en realidad ya no tiene tiempo, y que el encargado sigue hablando como si nada, sin darse cuenta de lo que le está a punto de suceder.

Entonces algo pasa por la cabeza del hombre.

Comprende. Y, a medida que comprende, el rostro se le transforma, la frente se le ensancha, las cejas ascienden levemente, la mirada se le enfría.

Lo sabe. Se da cuenta perfectamente, y por eso demora.

El encargado sigue hablando.

Como si le interesara el puto guardabarros del Gol gris.

En ese momento, el mozo vuelve a la barra, así que el hombre gira hacia su derecha, ensaya una sonrisa, y está a punto de decirle algo cuando el encargado termina su conversación.

—¿Me permite pasar al baño? —pregunta por fin.

El mozo no le responde, pero dirige la mirada hacia el encargado.

El encargado, que lo ha escuchado, da un paso hacia la izquierda y le contesta inclinando su cuerpo por encima de la barra: 

—El cartel.

—¿...?

—Lea el cartel: "El baño es para uso exclusivo de los clientes".

Dos segundos de silencio. Una eternidad.

—Necesito pasar al baño.

—Lo lamento, la casa reserva el baño...

—No aguanto más.

—... para uso exclusivo de los clientes.

Los ojos del hombre se iluminan con fuego, la desesperación orgánica deviene odio incontrolable. Y, en voz muy baja, pausadamente, casi deletreando, le dice al encargado:

—Te-voy-a-me-ar-la-ba-rra.

—...

—Si no me dejás pasar, la meo ahora mismo.

El encargado vuelve a decir que el baño es solamente para los clientes. Porque aquello no es un baño público, claro que no, sino un establecimiento gastronómico, cuyos mingitorios y excusados son para uso de la clientela. Para los que consumen. El encargado expone algo más, pero no se entiende, porque sus palabras se suspenden en el aire cuando el mozo con un grito horrorizado interpela al hombre.

Los parroquianos se dan vuelta hacia la barra. El espectáculo es insólito: el hombre está orinando.

—Te dije, te dije, hijo de puta, que te iba a mear —dice entre dientes el hombre.

El encargado no entiende, no puede entender. Pone las manos sobre la barra y subiéndose consigue finalmente ver el charco de orina sobre el piso en damero.

—¡Hijo de puta!

Grita y manotea el cuchillo.

Treinta centímetros de acero inoxidable.

—¡Te voy a matar!

Y quizá lo habría hecho de no ser porque el hombre es más rápido y lo toma de la solapa de la chaqueta, le arrebata el cuchillo, que apoya sobre el cuello del encargado, a quien hace permanecer con la oreja pegada a la barra. Sin que medie una sola palabra, el hombre, solo con la mirada, le exige al mozo que se quede quieto o la sangre del encargado se mezclará  con su orina.

Durante los siguientes segundos, el hombre termina de vaciar la vejiga.

El alma le vuelve al cuerpo.

Después, muy amable, da las gracias y sale de El Ohio como si nada hubiera pasado.

  • Daniel Sorín
    Sorín, Daniel

    Daniel Sorín (1951) narrador argentino nacido en Buenos Aires. Ha publicado:

    Novelas:

    • Error de cálculo —ganadora del Premio Emecé de Novela en 1998— (Emecé, 1998)
    • El dandy argentino (Grupo Editorial Norma, 2000)
    • Palabras escandalosas (Sudamericana, 2003)
    • Palacios (Sudamericana, 2004)
    • Velas para Gilda (Editorial La Bohemia, 2007)
    • El hombre que engañó a Perón (Sudamericana, 2008)
    • El cerco (Del Nuevo Extremo, 2012)
    • La última carta (Edhasa, 2013)
    • Tres segundos es una eternidad (Vestales, 2016)

    Ensayos:

    • John William Cooke. La mano izquierda de Perón (Planeta, 2014)

     

    Textos en antologías:

    • “Tris, el mono” en Brujula norte (cuento infantil, Macma Ediciones, 2015)
    • “Cuando el criminal es el Estado: asesinos en la Patagonia del siglo XIX” (en Fronteras del crimen. Globalización y Literatura, Medellín Negro-Planeta Colombia, 2015)


    Ha sido editor de las revistas virtuales Alt164, Letrópolis y Abanico, actualmente se desempeña como codirector de La púrpura de Tiro (www.lapurpuradetiro.com.ar).

    Algunos fragmentos de sus libros pueden leerse en www.danielsorin.com