facebook
Menu

Año 2 #14 Noviembre 2015

Cuando el criminal es el estado. Asesinos en la Patagonia del siglo XIX

Buena parte de la literatura y el cine toman al criminal como un sujeto que está afuera, a extramuros de la sociedad. En contraposición al que representa la ley —policía/detective— como alguien que está adentro del sistema, a intramuros. ¿Pero qué sucede cuando esto se invierte?

 

"Cuando el criminal es el estado. Asesinos en la Patagonia del siglo XIX", en Fronteras del crimen. Globalización y Literatura. Medellín Negro/Planeta Colombia/Universidad de Antioquia/Alcaldía de Medellín/Medellín Lectura Viva, Gustavo Forero Quintero editor académico, Editorial Planeta Colombiana, Medellín, Colombia, agosto de 2015. (Ponencia presentada en el V Congreso Internacional de Literatura Negra Medellín Negro 2014.)

(Ponencia presentada en el V Congreso Internacional de Literatura Negra Medellín Negro 2014.)

 

Buena parte de la literatura y el cine toman al criminal como un sujeto que está afuera, a extramuros de la sociedad. En contraposición al que representa la ley —policía/detective— como alguien que está adentro del sistema, a intramuros.

Pero qué sucede cuando esto se invierte. Cuando los criminales son sicarios del Estado. Pues dos cosas. Uno: el crimen permanecerá impune. Dos: el detective/policía fracasará. Ambas cosas sucedieron en la Patagonia a fines del siglo XIX. Veamos los actores del drama:

La víctima: los pueblos originarios. Se suprimió por la vía del homicidio, la reducción a la esclavitud y el hambre a decenas de miles de personas.

El asesino: el Estado argentino.

El detective/policía: Lucio Victorio Mansilla, un integrante de la aristocracia porteña, sobrino de Juan Manuel de Rosas, hijo de un general de San Martín, y también él militar.

 

 

I. El crimen

 

No es intención deeste trabajo enumerar los crímenes cometidos, más bientratar de entender sus motivaciones. Como todas lasgrandes violencias y todos los impiadosos genocidios, no se debió a la erupción volcánica de la maldad humana.Los crímenes no son la consecuencia de los criminales sino al revés: la sociedad encuentra siempre al verdugo necesario. No obstante no podremos evitar los nombres propios.

Julio Argentino Roca fue el fundador del nuevo país, del granero del mundo. Esa Argentina agroexportadora que recién hará implosión con el crac de la bolsa neoyorkina de 1929 y la subsiguiente Gran Depresión. De los tres movimientos ofensivos que permitieron la consolidación del nuevo Estado: la liquidación de las montoneras federales de las provincias, la Guerra de la Triple Alianza contra el rebelde Paraguay, y la Conquista del Desierto, don Roca —el de los billetes de cien pesos— intervino en los tres como militar activo.

En 1877, siendo ministro de Guerra, Roca presentó su proyecto de "conquista del desierto". El plan gustó y en octubre delaño siguiente se sancionóla ley que destinabalos fondos necesarios para la campaña. La solución debía ser definitiva.

El 6 de diciembre de 1878 la División Puán, al mando del coronel Teodoro García, se enfrentó con una fuerza ranquel en las alturas de LihuéCalel. La batalla fue breve, los Remington abatieron cincuenta enemigos, casi tres centenares fueron capturados y unos cuantos cautivos blancos puestos en libertad.

Las fuerzas del cacique Manuel Namuncurá tendrían poco después doscientas bajas. El coronel Lorenzo Vintter tomaría prisionero a Juan José Catriel y sus quinientos hombres, y otro tanto con Pincén, cerca de Laguna Malal. Estos caciques fueron confinados en la isla Martín García, vecina de Buenos Aires y donde en el siglo próximo irían a parar los presidentes Yrigoyen, Perón y Frondizi.

Durante la campaña el Rémington fue invencible.

Los originarios que sobrevivieron fueron llevados a reservas, condenados a una segura extinción.Tal el caso de los hombres del fin del mundo: los selknam de Tierra de Fuego.Atraído por el oro, que finalmente resultó escaso, llegó un tal Julio Popper, un rumano de origen judío nacionalizado argentino, que inventaría la cosechadora de oro. Popper se dio a perseguir y matar selknam. Además de robar sus pertenencias para formar su propia colección de objetos, los que supo exhibir en un álbum fotográfico. El álbum incluyó una secuencia completa de un ataque de Popper y sus mercenarios con armas de fuego a tolderías en San Sebastián. Luego de sus incursiones, dio una conferencia el 5 de marzo de 1887 en el Instituto Geográfico Argentino. Buenos Aires lo amaba.

 

 

II. Las circunstancias

 

Durante la segunda mitad del siglo XIX, los sucesivos gobiernos argentinos persistieron en la tarea de transformar al país. El progreso se convirtió en la realización última a la que conducían las leyes naturales. La aceptación del nuevo diosdel progreso implicó, entre otras delicias, el exterminio de los pueblos originarios de la pampa húmeda, Cuyo y la Patagonia.

En 1853 la sociedad argentina se diouna nueva Constitución. Suele decirse que una Carta Magna es la norma suprema de un Estado de derecho soberano —así suelen definirla quienes piensan al Estado como una abstracción jurídica—. Pero tomemos por un momento esta definición sin beneficio de inventario. La del 53, que subsistirá por casi un siglo,más que un conjunto organizado de reglasfueun programa para transformar la realidad.

La Constitución del 53 fue un programa liberalburgués que tuvo por objetivo crear una sociedad diferente a la precedente de acuerdo a los modelos que ofrecían las sociedades más adelantadas. No pudo ponerse en marcha de inmediato, hubo que esperar a que, luego de la batalla de Pavón,la Confederación Argentina y la provincia de Buenos Aires se fusionaran. Entonces Buenos Aires federalizó su aduana, lo que ocurrió cuando los comerciantes importadores y exportadores porteñoshocicaron ante los grandes terratenientes.

¿Qué había sucedido? Eran los tiempos en que la Argentina comenzaba su incorporación al mercado mundial. Londres requería alimentos y necesitaba que sus mercaderías llegaran a las comarcas más remotas. Se construyeron ferrocarriles, porquelos ferrocarriles son los brazos de un puerto.(Además, próximamente se inventaría la cadena de frío. En 1879 un barco, Le Frigorifique, que producía frío artificial, transportó a Europa algunas toneladas de carne de oveja congelada. Se perdió una parte porque se rompió una sección de la maquinaria, pero el resto llegó a Francia en buen estado y fue consumida.)

La incorporación del país al mercado mundial de alimentos hizo que el desarrollo del capitalismo en la Argentina estuviese dirigido por sus grandes terratenientes de la pampa húmeda. El capitalismo que impulsaron esos terratenientes fue un capitalismo deformado y dependiente, en la medida que lo hicieron aliándose al gran comprador de granos y carnes y proveedor de las mejores delicias de la tecnología, el Imperio Británico. Los terratenientes argentinos, aunque preferirían tirar manteca al techo en París, fueron aliados de los capitales de Londres. Como ha definido con notable precisión Alejandro Horowicz: "Allí reposa condensada en una sola frase la tragedia de la historia argentina: los terratenientes son su clase nacional. Son suficientemente nacionales para impedir que la sociedad argentina constituya un enclave colonial, pero no son lo suficientemente nacionales para impulsar un país independiente".[1]

Cuando la Conquista del Desierto acabó, la gestación del Estado moderno se completaría en 1890 con lo que se dará en llamar el Acuerdo Patriótico. El acuerdo, que consistió en la unión entre el Partido Autonomista Nacional y la Unión Cívica (Roca y Mitre respectivamente), tuvo como razón el siguiente pacto: el país será liberal en economía y antiliberal en política, dicho de otra manera: rabiosamente librecambista y con elecciones fraudulentas. O sea que podemos definir el Acuerdo como la negación oligárquica a la incorporación de las clases subalternas a la república burguesa.

Entre el país anterior a 1853, o quizá mejor a 1862 —el año de la fusión entre la Confederación Argentina y la provincia de Buenos Aires— y el que se construyó a partir de ese hito,hay numerosas diferencias. Los hombres que dirigieron el nuevo país fueron positivistas, los del anterior de religiosa fe.El primero fue un país de gauchos e indios yde pampa ilimitada; el segundo será de alambrado e inmigrantes; el primero del pericón, el segundo desembocaráen el primertango, el de guitarra, violín y flauta (al que Gardel daría muerte).

A esta extraordinaria transformación fueron tributarios tres intelectuales notables: Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento. Sarmiento tiene especial importancia para esta ponencia, él definió los protagonistas de la utopía: "civilización y barbarie". Pero Sarmiento hará más. Con la mutación de la partícula conjuntiva, establecerá la fórmula real de la transformación de la Argentina: "civilización o barbarie".

Este es, a grandes y excesivamente sintéticos trazos, el escenario del crimen. Escenario que podemos sintetizar como la incorporación de la Argentina al mercado mundial en términos desemicolonia.

 

 

III. El móvil

 

Los ganaderos habían extendido sus fronteras de forma lenta, Juan Manuel de Rosas, el jefe político de los ganaderos de la provincia de Buenos Aires, guerreaba al tiempo que tenía un trato paternal con los originarios a los que llamaba “indios argentinos”.

Rosas había hecho cautivo fortuitamente a un hijo de un cacique ranquelPainéGüor, llamado Paguithruz, Cuando se enteró de la identidad del cautivo lo bautizó como Mariano Rosas y lo hizo su ahijado. Mariano Rosas, después de una intrépida huída en 1840, volvería a ser Panguithruz. Tenía por entonces quince años. Paguithruz murió de viruelas el 18 de agosto de 1877, en Leubucó, para ese entonces era el cacique principal y autoridad indiscutida del gran cacicazgo ranquel que controlaba las tierras de la pampa central, la zona del monte. Leubucó, en el corazón del territorio, era el centro político del cacicazgo y la sede del gobierno de Mariano. El gran cacique tenía entonces unos 52 años y gobernaba desde 1858, cuando había sucedido a su hermano mayor, Calvaiu, muerto de forma trágica al explotar accidentalmente un cajón de pertrechos militares que, en desordenada huida, había dejado el ejército huinca. A Paguithruz (Mariano Rosas) lo sucedería su hermano Epumer.

La historia de "huincas" e "indios" fue una sucesión de tratados de paz incumplidos. Con los originarios solían vivir, además de los cautivos que retenían contra su voluntad, muchos gauchos con deudas con la ley. Claro que cualquier cosa hacía a la ley acreedora de un gaucho. El gaucho fue un prototipo desaparecido hace un siglo y medio aunque algunos argentinos se empeñen en mantener su nombre. El gaucho era un individuo sin conchabo, o sea sin trabajo que, a caballo, deambulaba por la pampa infinita. Antes del alambrado, le era permitido matar una vaca para comer a condición de entregar el cuero al dueño del animal.

Pero después la libertad fue delito. No tener trabajo se transformó en un crimen. Los que trabajaban en fincas tenían que llevar un papel que lo certificara cada vez que salían de ella. Al gaucho sin conchabo lo esperaba uno de dos destinos: lo alistaban en la Guardia (así fue como terminó peleando contra sus hermanos paraguayos) o huía hacia las tolderías de los indios. Sobre ellos dijo Sarmiento:

 

Se nos habla de gauchos... La lucha ha dado cuenta de ellos, de toda esa chusma de haraganes. No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos.[2]

 

Las cosas empeoraron con el ferrocarril. Como hemos visto, se trazaron las vías férreas para exportar los frutos de la tierra e importar las manufacturas británicas. La consecuencia directa de tal maravilla tecnológica fue que se multiplicó el valor de la tierra.El progreso requirió entonces las tierras que dominaban los originarios y en las que habían vivido desde tiempos que no hay memoria. El Estado llamó a esas extensiones el desierto. Una rareza: un desierto habitado, un desierto que no estaba desierto.

Buenos Aires y Londres necesitaban esas tierras.

De manera que entre 1878 y 1885 se llevó adelante la Conquista del Desierto bajo el mando político y militar deJulio Argentino Roca. Fue una campaña militar de exterminio de las etnias mapuche y tehuelche, que logró el objetivo de ejercer el dominio efectivo y definitivo sobre la región pampeana y la Patagonia. El Rémington era el Rémington.

 

 

IV. Los autores intelectuales

 

Entre los hombres del progreso hay uno de exquisita pluma: Sarmiento. El sanjuanino se había preguntadopromediando los años cuarenta: "¿Lograremos exterminar a los indios?” Pregunta retórica la de Domingo.

 

Por los salvajes de América —escribió— siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandarí­a colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así­ son todos. Incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado.[3]

 

Menos conocida es la opinión de Juan Bautista Justo, el fundador del Partido Socialista. Justo analizó el problema en 1909, en una obra que tituló humildemente Teoría y práctica de la historia.

 

Entre pueblos salvajes y bárbaros la guerra subsiste como forma instintiva de la lucha por la vida."[4]

 

Justo niega que la guerra fuera la primera forma de acumulación de capital, como planteara Karl Marx en El capital, para él obedecía a un mero comportamiento animal. Sigamos leyendo:

 

No puede éste [el pueblo trabajador] re­conocer a la guerra sino un objetivo legítimo, el de abrir nuevas zonas del medio físico-biológico para la vida inteligente, ob­jetivo en que la guerra conserva su carácter primitivo de lucha biológica, y que llenado con sinceridad, abre nuevos territorios a pobladores propietarios, no sólo técnica y económicamente adelantados, sino también políticamente libres.

[...] Cada pueblo está obligado a explotar por sí mismo o abrir a la explotación de los otros las riquezas naturales del suelo que considera suyo, so pena de perder su dominio por la vio­lencia. Ante feraces llanuras sin cultivo o preciosos depósitos minerales que yacen sin aprecio, nada detendrá a la extensión del progreso técnico, aun cuando para realizarlo sea necesaria la guerra.

 

Cuando una nación no posee los recursos tecnológicos para extraer las riquezas del subsuelo o cultivar toda la extensión de su territorio, las naciones más desarrolladas le arrebatan sus riquezas. Digamos que esto es un hecho. Lo que hace Justo es justificarlo éticamente. Ofrece una fundamentación “científica” al robo.

Pero no solamente justifica sino que alienta:

 

Los conflictos de esta clase, entre pueblos alejados ética y geográficamente, son tanto más simples cuanto mayor es la di­ferencia de cultura entre las partes combatientes. Con un es­fuerzo militar que no compromete la vida ni el desarrollo de la masa del pueblo superior, esas guerras franquean a la civili­zación territorios inmensos.

 

Dicho de otra manera, la guerra contra los bárbaros es fácil y económica. Y se pregunta:

 

¿Puede reprocharse a los europeos su penetración en África porque se acompaña de crueldades?

 

¡Claro que no, doctor! ¡Cómo vamos a reprochárselos!

 

Crimen hubiera sido una guerra entre Chile y la Argentina por el dominio político de algunos valles de los Andes, cuya población y cultivo se harán lo mismo bajo uno u otro gobierno.

 

Un verdadero crimen porque no sería una guerra entre un pueblo civilizado y uno bárbaro, sino entre dos pueblos civilizados. ¡Qué horror, doctor! Y por fin admite con espantosa sinceridad:

 

¿Pero vamos a reprocharnos el haber quitado a los caciques indios el dominio de la Pampa?

 

Justo era un optimista. Confiado en un progreso continuo y lineal nos informa:

 

Suprimidos o sometidos los pueblos sal­vajes y bárbaros, incorporados todos los hombres a lo que hoy llamamos civilización, el mundo se habrá acercado más a la unidad y a la paz, lo que de[be] traducirse en mayor uniformidad del progreso.

 

¡Bravo! ¡Qué solución magnífica la de Justo! Para luchar contra la pobreza no hay nada mejor que matar a todos los pobres: muerto el perro, se acabó la rabia.

 

 

V. El detective

 

Mucho antes de que los historiadores revisionistas de la década de los años cincuenta del siglo XX y, por supuesto, mucho antes del actual florecimiento de las demandas de los pueblos originarios, alguien denunció el crimen. No solo eso: lo denunció antes de que el crimen se cometiera. Lo interesante desde un punto de vista literario es que quien lo hizo no levantó la voz porque heredase el pensamiento democrático y avanzado de un Moreno, un Monteagudo o un Artigas, sino porque se consideraba traicionado por los asesinos.

Es imposible reseñar brevemente un personaje como LucioMansilla, al que dediqué malamente un texto que hoy corregiría de principio a fin. Digamos solamente lo que viene a cuento. Mansilla integró las filas argentinas en la Guerra de la Triple Alianza a la que vez que oficiaba de periodista. En tal condición no se privó de criticar la dirección militar de la campaña. O sea, no se opuso al móvil probritánico de la alianza.

Después trabajó para la candidatura presidencial de Sarmiento, cuando esta se concretó fue a la casa del sanjuanino porque quería ser ministro. Sarmiento no lo recibió, pero le pidió que atase a una cuerda que le extendió su propuesta de gabinete. Cuando leyó el nombre de Mansilla exclamó: “¡Usted ministro! Hombre, necesitaré un ministerio muy sesudo para morigerarme a mí mismo. Nos tildan de locos”. (En esto tengo que darle la razón a DFS)

No solo eso. El presidente lo mandó a la frontera, a Río Cuarto, en el sur de Córdoba. Lejos de Buenos Aires, lejos del poder.

Y entonces se produjo el hecho catalizador. Mansilla fue acusado por ejecutar a un desertor sin juicio —cosa habitual en la época—. Era el desquite de las autoridades militares que él ha criticado ácidamente. Mansilla se sintió acorralado y, muy de su personalidad, huyó hacia delante. Fue en excursióncon dieciocho hombres desarmados a negociar Mariano Rosas a sus tolderías de Leubucó. Y firmó, inconsultamente y sin autoridad, un nuevo tratado de paz que debía ser refrendado por Sarmiento.

Sus enemigos eranrencorosos y Mansilla fue dado de baja. Entonces, ante lo que considera una traición de su propia clase y su propio ejército, realiza uno de los actos políticos más relevantes de su época: escribe Una excursión a los indios ranqueles. Porque su excursión real fue una indisciplina administrativa, pero su excursión literaria, publicada por entregas en uno de los diarios más importantes de Buenos Aires—La Tribuna, de los hermanos Varela—fue un acto político.

Ya queda poco espacio. Quisiera resumir solo algunos instantes. Antes una aclaración: Mansilla escribió para una sociedad de comerciantes de mentes entumecidas, la ciudad era aún la Gran Aldea y faltaban décadas para ser la ciudad cosmopolita que sería. Corríamarzo de 1870.

Puesto a escribir Mansilla escribió sobre el sexo y el casamiento entre indios. Leamos con atención:

 

[...] entre los indios no existe la prostitución de la mujer soltera. Esta se entrega al hombre de su predilección. El que quiere penetrar en un toldo de noche, se acerca a la cama de la china que le gusta y le habla.

Ni el padre ni la madre, ni los hermanos le dice en una palabra. No es asunto de ellos, sino de la china. Ella es dueña de su voluntad y de su cuerpo, puede hacer de él lo que quiera. Si cede, no se deshonra, no es criticada, ni mal mirada. Al contrario, es la prueba de que algo vale; de otra manera no la habrían solicitado o cancaneado.

En lengua araucana, el acto de penetrar en un toldo aviso horas de la noche se llama cancanear, y cancán equivale a seducción.

Los filósofos franceses puede averiguar si estos vocablos se los han tomado los indios a los galos hoy éstos a los indios."

[...] Como se ve, la mujer soltera es libre como los pájaros para los placeres del amor entre los indios.[5]

 

Y sobre el casamiento:

 

Hay tres modos de casarse.

En el primero es como en todas partes. Con consentimiento de los padres y por amor, con el apéndice de que hay que pagarles a aquellos. En este caso, si después de casada una china se le escapa al marido y se refugia en la casa de sus padres el tonto que se casó por amor pierde mujer y cuánto por ella dio.

El segundo, consiste en rodear el toldo de la china que se quiere acompañado de varios y en arrancarla a viva fuerza, con el beneplácito y ayuda de sus padres. En este otro caso también hay que pagar; pero más que en anterior. Si la mujer huye después y se refugia en el toldo paterno, hay que entregarla.

El tercero es parecido al anterior; se rodea el toldo de la china con el mayor número de amigos posibles, y quiera ella o no, quieran los padres o no, se la arranca a viva fuerza. Pero en este caso hay que pagar mucho más que en el otro. Si la mujer huye después y se refugia en el toldo paterno, la entregan o no. Si no la entrega los padres, en uso de su derecho, el marido pierde lo que pagó. Y el loco que se casó a la fuerza, por la pena es cuerdo.

No están tan mal dispuesta a las cosas entre los indios; el amor y la violencia exponen a iguales riesgos."[6]

 

Mansilla le dice a los comerciantes adocenados y a sus mujeres que el sistema de casamiento de los bárbaros es mejor o que, por lo menos, "No están tan mal dispuesta a las cosas entre los indios".

En otro capítulo habla de Ramón, un cacique platero:

 

Ya he dicho que Ramón es platero y que este arte es común un entre los indios.

Ellos trabajan espuelas, estribos, cabezadas, pretales, aros, pulseras, prendedores y otros adornos femeninos y masculinos, como sortijas y yesqueros.

Funden la plata, la purifican en el crisol, la ligan, la abaten a martillo, dándole la forma que quieren y la cincelan.

En la chafalonía, prefieren el gusto chileno; porque en Chile tienen comercio y es de allí de donde llegan toda clase de prendas, que cambalachean por ganado vacuno, lanar y caballar.

La fragua consistía en un paralelepípedo de adobe crudo.

Tenía dos fuelles y se conocía que el día anterior habían trabajado; las cenizas estaban tibias aún.

En un saco de cuero había carbón de leña y sobre la mesa se veían varios instrumento cortantes, martillos y limas rotas.

Los fuelles llamaron sobremanera mi atención por su extraña estructura.

Antes de examinar su construcción entablé un diálogo conmigo mismo.

—A ver —me dije—, representante orgulloso de la civilización y del progreso moderno en la pampa, ¿cómo harías tú un fuelle?

—¿Un fuelle?

—Sí, un fuelle, ¿no se llama así por la Academia Española "un instrumento para recoger viento y volverlo a dar"?, Aunque habría sido más comprensible y digno de ella decir: "un instrumento construido según ciertos principios de física, para recoger el aire por medio de una válvula, y volver a despedir con más o menos violencia, a voluntad del que lo maneje, por un cañón colocado en su extremo".

—Entiendo, entiendo.

—Y bien, si entiendes, dime, ¿cómo lo harías?

—¿Cómo lo haría?

—¡Sí, hombre, por Dios! Parece que te hubiera puesto un problema insoluble.

—No digo eso.

—¿Entonces?

—Es que...

—¡Ah! Es que eres un pobre diablo, un fatuo del siglo XIX, un erudito a la violeta, un insensato que no quieres confesar tu falta de ingenio.

—¿Yo?

—Sí, tú, has entrado en el miserable toldo de un indio que un millón de veces has calificado de bárbaro, cuyo exterminio has preconizado en todos los tonos, en nombre de tu decantada y clemente civilización, te ves derrotado y no quieres confesar ignorancia.

—¿Mi ignorancia?

—Tu ignorancia, sí.

—¿Quieres acaso que me humille?

—Sí, humíllate y aprende una vez más que el mundo no se estudia en los libros.

Incliné la frente, me acerqué a la fragua, cogí el manubrio de ambos fuelles, los que estaban colocados en la misma línea horizontal, tiré, aflojé y se levantó una nube de ceniza.

Eran feos; pero surtían el efecto necesario, despidiendo una corriente de aire bastante fuerte para inflamar el carbón encendido.

Todo era obra del mismo Ramón; invento exclusivo suyo.

Con una panza de vaca seca y sobada había hecho una manga de una vara de largo y un pie de diámetro; con tiento la había plegado, formando tres grandes buches con comunicación; en un extremo había colocado la mitad del cañón de una carabina y en el otro un tarugo de palo labrado con el cuchillo; el cañón estaba embutido en la fragua y sujeto con ataduras a un piquete. Naturalmente, tirando y apretando aquel aparato hasta aplastar los buches, el aire entraba y salía produciendo el mismo efecto que cualquier otro fuelle.[7]

 

En el epílogo nos dejó escrito:

 

Conversando un día con Mariano Rosas, yo hablé así:

—Hermano, los cristianos han hecho hasta ahora lo que han podido, y harán en adelante cuanto puedan, por los indios.

Su contestación fue con visible expresión de ironía!

—Hermano, cuando los cristianos han podido nos han muerto; y si mañana pueden matarnos a todos, nos matarán. Nos han enseñado a usar ponchos finos, a tomar mate, a fumar, a comer azúcar, a beber vino, a usar bota fuerte. Pero no nos han enseñado ni a trabajar, ni nos han hecho conocer a su Dios. Y entonces, hermano, ¿qué servicios les debemos?

Yo habría deseado que Sócrates hubiese estado dentro de mí en aquel momento a ver qué contestaba con toda su sabiduría.

Por mi parte, hice acto de conciencia y callé...

Hasta entonces había cumplido con mi deber, en mi humilde esfera, según lo entendía.

Pero mi conducta personal no podía ni debía ser un argumento contra las humillantes objeciones del bárbaro.

No me cansaré de repetirlo:

No hay peor mal que la civilización sin clemencia.

Es el gran reproche que un historiador famoso le ha dirigido a su propio país, censurando su política en la India como conquistador.[8]

 

Y luego:

 

¿No tuvieron los conquistadores que casarse con mujeres indígenas, entroncando recién entre sí, pasada la primera generación?

Y entonces, si es así, todos los americanos tenemos sangre de indio en las venas, ¿por qué ese grito constante de exterminio contra los bárbaros?[9]

 

Trataremos de no arruinar este momento con palabras innecesarias. Mansilla lo ha dicho con la precisión del que sabe observar suspendiendo lo más que es posible los prejuicios.

Lo que sí vale la pena decir es que Mansilla, al dar otra visión del originario, al rescatar muchos de sus valores, al reconocer la inteligencia de un igual en otras circunstancias, hace dos cosas. Uno: obstruye el camino del exterminio porque para exterminar es necesario negar condición humana al futuro exterminado. Y dos: abre la posibilidad de que los indios (y los gauchos, aunque no aparecen en estos fragmentos) sean considerados como la mano de obra del capitalismo a construir.

Pero, como el capitalismo en la Argentina se hizo en términos semicoloniales con la dirección de los terratenientes, fue agroexportador, desalentó la industria y el mercado interno. Necesitó escasa mano de obra y la poca que requirió la importó de Europa.

Así que el genocidio fue inevitable por una razón simple, no eran los terratenientes y los indios clases con intereses antagónicos dentro de un sistema productivo. No tenía la burguesía terrateniente necesidad de los indios como las burguesías europeas de un proletariado, porque no tenían en mente un desarrollo industrial. Y como no necesitaba ni a indios ni a gauchos se dijo que sobraban, y se dio a exterminarlos.

 

[1] Alejandro Horowicz, Loscuatroperonismos, Edhasa, Buenos Aires, 2011, pág. 17.

[2] Carta a Mitre del 20 de septiembre de 1861.

[3]El Progreso, 27 de septiembre de 1844.

[4] En Teoría y práctica de la historia, Líbera, Buenos Aires, 1969, p. 135 y 136.

[5]Una excursión a los indios ranqueles, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1993, capítulo XXXVI, pag. 339 y siguientes.

[6]Una excursión a los indios ranqueles, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1993, capítulo XXXVI, pag. 339 y siguientes.

[7]Una excursión a los indios ranqueles, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1993, capítulo LXV, pag. 602 y siguientes.

[8]Una excursión a los indios ranqueles, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1993, epílogo, pag. 643.

[9]Una excursión a los indios ranqueles, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1993, epílogo, pag. 646.

  • Daniel Sorín
    Sorín, Daniel

    Daniel Sorín (1951) narrador argentino nacido en Buenos Aires. Ha publicado:

    Novelas:

    • Error de cálculo —ganadora del Premio Emecé de Novela en 1998— (Emecé, 1998)
    • El dandy argentino (Grupo Editorial Norma, 2000)
    • Palabras escandalosas (Sudamericana, 2003)
    • Palacios (Sudamericana, 2004)
    • Velas para Gilda (Editorial La Bohemia, 2007)
    • El hombre que engañó a Perón (Sudamericana, 2008)
    • El cerco (Del Nuevo Extremo, 2012)
    • La última carta (Edhasa, 2013)
    • Tres segundos es una eternidad (Vestales, 2016)

    Ensayos:

    • John William Cooke. La mano izquierda de Perón (Planeta, 2014)

     

    Textos en antologías:

    • “Tris, el mono” en Brujula norte (cuento infantil, Macma Ediciones, 2015)
    • “Cuando el criminal es el Estado: asesinos en la Patagonia del siglo XIX” (en Fronteras del crimen. Globalización y Literatura, Medellín Negro-Planeta Colombia, 2015)


    Ha sido editor de las revistas virtuales Alt164, Letrópolis y Abanico, actualmente se desempeña como codirector de La púrpura de Tiro (www.lapurpuradetiro.com.ar).

    Algunos fragmentos de sus libros pueden leerse en www.danielsorin.com