facebook
Menu

Año 1 #6 Marzo 2015

John William Cooke. La mano izquierda de Perón

John William Cooke ha sido uno de los políticos centrales de la Argentina del siglo XX. Su discurso en el parlamento sobre los monopolios fue una de sus grandes piezas oratorias y su actualidad, setenta años después, nos interpela con crueldad.

De John William Cooke. La mano izquierda de Perón, Daniel Sorín, Planeta, Buenos Aires, 2014, pág 54.

 

Represión de actos de monopolio
(Apuntes sobre el discurso de John William Cooke en la Cámara de Diputados de la Nación en septiembre de 1946)

Los monopolios eran un tema importante en 1946 y lo son aho­ra, de allí que los argumentos de Cooke pueden resultar moles­tamente actuales. Entre el 26 y el 28 de septiembre se discutió un proyecto de ley de “represión de actos de monopolio”. El informe de mayoría de la comisión tenía las firmas de Modesto Orozco y John William Cooke quien, además, lo defiende en la Cámara. Este es su primer gran combate con la oposición.

Comienza citando los antecedentes históricos: [[1]]

En la historia de Inglaterra los monopolios han ju­gado un papel muy importante en la época de los Eduardo y de los Tudor, que solían conceder dere­chos de monopolios como forma de retribución a sus servidores más allegados y como fuente de recur­sos para fortalecer la corona frente a los embates de los parlamentos y de los señores feudales.

La reina Isabel llevó esta práctica a extremos de exageración, y basta leer la Historia de Inglaterra, de Macaulay, [[2]] para observar la verdadera tormenta par­lamentaria que se desencadenó en el año 1601, al hacer el parlamento inglés su primera resistencia se­ria a los monopolios otorgados por la casa real.

Después habla de Jaime I, de su estatuto de 1621, y de su suce­sor, Carlos I. Ambos llegaron “hasta el abuso”, explica Cooke, lo que considera una de las causas de la revolución puritana por el empobrecimiento de las clases humildes y la pequeña burguesía.

Pero el aspecto que le interesa abordar es más reciente y rís­pido: los monopolios como una etapa de la economía capitalista.

Sintetizando diré que la revolución industrial produci­da entre 1840 y 1890 fue el origen de las concentracio­nes monopólicas. [...] Pero en el año 1873 se produce la depresión económica y desde ese momento surgen los cartels que únicamente treinta años más tarde, en 1903, se convierten en una de las bases de la vida económica.

Lenin dice que en el momento en que el mono­polio y las concentraciones de tipo monopolista sus­tituyen el libre cambio, el capitalismo se transforma en imperialismo. Ese es el título de una de sus obras: Imperialismo, última etapa del capitalismo. [[3]] Después he de volver sobre este tema, pero quiero dejar bien sen­tado el concepto de Lenin, porque exprofeso solo he citado circunstancialmente en el informe escrito las opiniones de los escritores marxistas. Me he absteni­do por varias razones, pero en primer lugar porque generalmente emplean una terminología que origi­na la necesidad de aclaraciones en cuanto al valor marxista de términos que tienen acepciones diferen­tes en el lenguaje común en otro tipo de economía. En este informe los voy a citar porque, sin seguirlos en los puntos de su ortodoxia, puede afirmarse que cuando hacen un planteo objetivo de los males de la economía capitalista y de sus factores principales, su análisis es certero y resisten las críticas que en otros aspectos le formulan Rickert y Huitzinga. [[4]]

 

Entre 1916, año en que Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, es­cribe Imperialismo, fase superior del capitalismo y este momento en que John William lo trae al recinto, median treinta años. Treinta largos o breves años. Porque treinta años pueden ser una eter­nidad para un veinteañero (como Cooke) o un lapso extendido pero comprensible para la memoria de una persona de setenta. En todo caso treinta años son muchos para cualquier individuo, pero apenas menos que un suspiro para la historia. Es decir, Lenin no es un personaje lejano en el tiempo para esos dipu­tados y su nombre no se hunde en las arenas movedizas de eras mitológicas. Además, ahí está la Unión Soviética y los países del este europeo, y más allá, lejana y desconocida está China, que ha vencido al imperialismo japonés y se ha convertido en un gigan­tesco campo de batalla.[[5]] Es el comienzo de un avance arro­llador del comunismo. Llevar al recinto a uno de los grandes teóricos del marxismo, que al mismo tiempo fue líder político, y hacerlo sin adjetivaciones injuriosas, habrá sido —es una espe­culación de este escriba— una llamada de atención para propios y extraños. Especialmente quizá para los propios. No hace falta aclarar que entre los que escuchan, especialmente en la bancada peronista, no son muchos los que han leído textos de Lenin.

Sigamos. Cooke señala correctamente que Marx fue el prime­ro que se preocupó por el papel de las corporaciones económi­cas, pese a que no pudo profundizar en el tema porque sus escri­tos son anteriores al período de mayor concentración del capital.

Engels, al editar el volumen tercero de El capital, pone una larga nota en el capítulo que Marx dedica a las corporaciones capitalistas, en el cual afirma: “La libre competencia por largo tiempo fomentada ha llegado a los límites de sus posibilidades y se ve obligada a anunciar su propia bancarrota”. Si bien Engels no alcanza el desarrollo total de las concen­traciones monopolistas, en una cosa demuestra agudeza y visión: la exacerbación de la libre competencia cuando llega a convertirse en una lucha a muerte entre los concurrentes, abre el paso para la marcha de las grandes combinaciones financieras y para las grandes concentra­ciones capitalistas de carácter monopolista. (El destaca­do es de D. S.)

Luego habla de las ideas de Rudolph Hilferding[[6]] vertidas en su El capital financiero, publicado en 1910, en el que demues­tra que para esa época el capital financiero había desplazado al industrial y tomado la dirección de la economía. La idea de este socialdemócrata alemán es que, con el desarrollo de esta forma corporativa, una pequeña cantidad de capital puede dominar una cantidad increíblemente superior de dinero acu­mulado y puesto al servicio de una explotación determinada.

Cooke acepta que no le faltan defensores a los monopo­lios, defensores que objetan que su represión implica una res­tricción a la libertad, que la producción en masa abarata el producto llegando al consumidor a precios más bajos y, final­mente, que sin los monopolios no hay desarrollo económico. Veamos cómo contesta Cooke estas ideas. Sobre la libertad, argumenta que la tendencia monopolis­ta va siempre acompañada de prácticas desleales que traban la libre concurrencia.

También rebate la idea de que abaratan los precios:

[...] porque no se ha demostrado que la mayor ga­nancia del monopolio provenga de una mayor pro­ducción en masa. Podrán tal vez bajar los costos de producción, pero también, muchas veces, los mono­polios bajan la misma producción, pues obtienen mayor ganancia de la venta de menor número de unidades a mayor precio, que de la venta de mayor número de unidades a menor precio.

[...] puede afirmarse que el exceso de capital producido por las mayores ganancias de la produc­ción en masa no se distribuye, como ha dicho Lenin, para elevar el nivel social de las masas de un pueblo. Por el contrario, ese capital da lugar a la opresión de un mayor contingente de consumidores, porque cuando ha absorbido el mercado y puede manejar a su antojo la comercialización o la producción de un determinado artículo, busca expandirse procurando llegar al contralor de nuevos mercados.

[...] En cuanto al proceso tecnológico, otro de los viejos caballos de batalla de los monopolios, el sostener que el monopolio implica un mejoramiento de los equipos técnicos, facilitando la producción, es una falsedad que no resiste el menor análisis. El mo­nopolio no renueva nunca sus equipos técnicos, sino cuando ya no le sirven para nada y no puede hacer ningún uso de ellos. ¿Para qué los habría de renovar?

Por si estos argumentos no fueran suficientes, Cooke sigue golpeando. A quién se le escapa que en una rama monopo­lizada, cuando alguien crea una innovación, un avance en la forma de producir algo o del mismo producto, necesariamente tiene que ofrecérselo al monopolio. Y lo peor es que a veces este paga no para ofrecer algo mejor al público sino para evi­tar su uso.

En la Argentina de la segunda década del siglo XXI unas pocas empresas monopólicas producen y comercializan el 90% de los productos de la canasta familiar. En tal situación, las políticas antiinflacionarias, por ejemplo, se ven limitadas al deseo monopólico. Deseo que reiteradamente está diri­gido a la exportación; cuando eso sucede, el mecanismo es simple: se reduce el salario real de los consumidores facili­tando un excedente exportable. La economía mejora a costa de la calidad de vida de la población, en especial de los traba­jadores. Esquematizando, hay dos maneras de combatir la inflación: reducir el salario (enfriar la economía) o ir contra los monopolios.

Luego Cooke pasa a un punto que conserva una inquietan­te actualidad siete décadas después.

Existe un problema que afecta la soberanía del Estado, porque al lado de las autoridades constitui­das de acuerdo con las cartas constitucionales se for­ma el gobierno de los consorcios financieros, de los hombres de la banca, del comercio y de la industria que, por medio de esta vinculación realizada a espal­das de los intereses populares, llegan a posesionarse del gobierno por los resortes que ponen en juego cuando se trata de la defensa de sus intereses.

Hecho el planteo teórico del problema de los monopo­lios, ahora va a detenerse en el caso concreto de nuestro país. Preciso, John apunta a la raíz de todos los problemas:

Desde mi punto de vista personal, yo digo que ha­ciendo un planteo frío, crudo, del problema argenti­no, puede afirmarse que somos un país semicolonial.

Bunge[[7]] decía en 1940, repitiendo conceptos del año 1917: “Estamos aún hoy al servicio de la política de las grandes potencias, que consiste en comprar materia prima barata y vendernos artículos manu­facturados caros. Nuestra política económica no ha sido ni es otra cosa que una dócil sumisión a los otros países”. Es un hecho doloroso y es lamentable que en el parlamento argentino un diputado haga una afirmación de este orden; pero es un hecho real y sobre él entablaría debate en cualquier momento con la seguridad de que no se me podría demostrar lo contrario.

No me interesa señalar culpables. Tal vez los en­granajes monopolistas de los imperialismos han sido superiores a nuestros medios de defensa; tal vez haya faltado visión de la clase dirigente o de gran parte de ella; tal vez deba hacerse referencia a los “traidores nativos” de que se habló ayer en este recinto al tratar la cuestión de Belice.

[...] La conciencia pública de que debe existir una economía nacional se va abriendo camino; y cuando se nos hace el argumento de que alguna forma de producción o explotación de algunos servicios requiere el monopolio como medio de prestarse en condiciones norma­les, entonces es la hora de contestar que esos servicios deben ser nacionalizados. (El destacado es de D. S.)

Dicho de otra manera: cuando no hay más remedio, cuando no se puede evitar el monopolio, este debe ser nacionalizado, que en la visión de Cooke equivale también a estatizado. El problema de los monopolios está en el centro del capitalismo, y principalmente en el centro del capitalismo dependiente.

La represión de los monopolios es, en 1946, más necesaria que nunca porque durante los años anteriores las condiciones de guerra habían ofrecido un freno natural. Pero ahora no, y Cooke advierte:

Es necesario favorecer las inversiones de capitales en la industria y en el comercio; pero es necesario vigi­lar ese proceso de industrialización porque por un lado hay interesados en que no llegue nunca a con­cretarse en un proceso completo, hay interesados en que este país siga siendo un país agrícola-ganadero exclusivamente y, por otro lado, hay interesados en que ese proceso industrial redunde en beneficio de pequeños grupos económicos.

Recordemos, recién corre septiembre de 1946.

Esta ley —ya lo he dicho y quiero remarcarlo— no resuelve el problema económico, aunque sí uno de sus aspectos. Hay que ejercer una severa vigilancia de nuestra balanza comercial y de pagos a fin de so­frenar los movimientos demasiado bruscos que pue­dan perturbar nuestro desarrollo industrial. Debe asegurarse la defensa de la industria contra las ma­niobras internas y externas. Deben adoptarse medi­das diversas: regulación aduanera, reordenación del régimen impositivo, nacionalización de empresas de servicios públicos, confección de estadísticas que nos den una noción exacta y al día de nuestra economía y que al mismo tiempo nos informen del grado de desarrollo que tiene la tendencia hacia la concentra­ción monopolista en cada industria; y hay que hacer una planificación en el verdadero concepto y sen­tido en que puede hacerse una planificación en la República Argentina, es decir, hay que hacer lo que Karl Mannheim[[8]] llamó una “planificación para la li­bertad” y no una planificación para la servidumbre; no una planificación totalitaria, sino una planifica­ción congruente con nuestro sistema constitucional que, al mismo tiempo que asegure las elementales garantías individuales, no permita que esas mismas garantías se vean perturbadas por el desarrollo des­mesurado del poder financiero.

Cuando Cooke dice: “planificación para la libertad y no una planificación para la servidumbre; no una planificación totalitaria” debe leerse una planificación a la que concurran las relaciones de producción capitalistas existentes. Las rela­ciones de producción que proclaman las leyes, la Constitución liberal —aún regía la de 1853—.

John comienza el tramo final de su exposición.

Lenin, a quien voy a citar por última vez, dice que el imperialismo es la última etapa del capitalismo y que constituye la etapa del “capitalismo moribun­do” porque ya lleva en sí los gérmenes de la muerte [...]. Pero es que la libre competencia, como lo dice Engels, también lleva en sí el germen de la muerte, si llega a la exacerbación, porque en este extremo se convierte en una lucha sin cuartel por los mercados, dejando así abierto el camino para el avance de las combinaciones monopólicas.

Cuando hablamos de libre concurrencia no lo hacemos —nadie lo hace ya— con el viejo concepto de liberalismo sin restricciones; lo hacemos con el nuevo concepto social de que se impregnan todos los problemas de carácter económico de “bien so­cial” como fin de la economía del Estado.

El discurso ha sido sólido. Sabemos que, sin dudas, Cooke ya había leído con atención crítica a Marx, Engels y Lenin, y sabemos también que no era marxista.

 

[1] Diario de Sesiones, tomo III, 1946, p. 508; reproducido en John William Cooke, Obras completas, tomo I, Eduardo L. Duhalde compilador, Buenos Aires, Colihue, 2007, pp. 81 y ss.
[2] Thomas Babington Macaulay (Leicestershire, 1800-Londres, 1859), poe­ta, historiador y político del partido whig (liberal) británico. La obra de re­ferencia es la History of England from the accession of James II.
[3] Más habitualmente traducido como Imperialismo, fase superior del capitalis­mo (Lenin, 1916).
[4] Heinrich Rickert (Danzig, 1863-Heidelberg, 1936), filósofo alemán, repre­sentante del neokantismo. Johan Huizinga (Groninga, 1872-De Steeg, 1945) filósofo e historiador, fue miembro de la Academia de Ciencias de Holanda. En 1942, cuando los nazis cerraron la Universidad de Leiden, fue detenido, sufriendo el destierro en Overijssel y Güeldres hasta su muerte.
[5] La alianza entre los comunistas de Mao Zedong y el Kuomintang (parti­do nacionalista fundado en 1911) de Chiang Kai Shek se iba a romper de­finitivamente y los hombres de Mao tomarían el control en 1949. (En este trabajo usamos el deletreo Han, normalmente llamado pinyin, el sistema de transcripción fonética del chino mandarín reconocido como oficial en la República Popular China. Por eso hemos escrito Mao Zedong y Beijing.)
[6] Rudolf Hilferding (1877-1941), economista marxista vienés nacionaliza­do alemán. Integró y fue uno de los más prominentes teóricos del Partido Socialdemócrata de Alemania durante la época de la República de Weimar. Con el ascenso de Hitler huyó a Francia, pero fue entregado por la policía francesa a la Gestapo y murió en prisión.
[7] Alejandro Bunge (1880-1943), economista que tuvo una visión clara del desarrollo deformado del país. Fue un intelectual “orgánico” de la burgue­sía argentina
[8] Karl Mannheim (1893-1947), sociólogo alemán. Expulsado de su país con el ascenso de Hitler, se exilió en Inglaterra. “Su interés teórico —apunta Eduardo Duhalde— se centró en el análisis de los factores que condujeron al fracaso de las democracias liberales y el auge de los fascismos.”
  • Daniel Sorín
    Sorín, Daniel

    Daniel Sorín (1951) narrador argentino nacido en Buenos Aires. Ha publicado:

    Novelas:

    • Error de cálculo —ganadora del Premio Emecé de Novela en 1998— (Emecé, 1998)
    • El dandy argentino (Grupo Editorial Norma, 2000)
    • Palabras escandalosas (Sudamericana, 2003)
    • Palacios (Sudamericana, 2004)
    • Velas para Gilda (Editorial La Bohemia, 2007)
    • El hombre que engañó a Perón (Sudamericana, 2008)
    • El cerco (Del Nuevo Extremo, 2012)
    • La última carta (Edhasa, 2013)
    • Tres segundos es una eternidad (Vestales, 2016)

    Ensayos:

    • John William Cooke. La mano izquierda de Perón (Planeta, 2014)

     

    Textos en antologías:

    • “Tris, el mono” en Brujula norte (cuento infantil, Macma Ediciones, 2015)
    • “Cuando el criminal es el Estado: asesinos en la Patagonia del siglo XIX” (en Fronteras del crimen. Globalización y Literatura, Medellín Negro-Planeta Colombia, 2015)


    Ha sido editor de las revistas virtuales Alt164, Letrópolis y Abanico, actualmente se desempeña como codirector de La púrpura de Tiro (www.lapurpuradetiro.com.ar).

    Algunos fragmentos de sus libros pueden leerse en www.danielsorin.com

Más en este número « Hotaru Aquel minuto en Waterloo »