facebook
Menu

Año 6 #69 Julio 2020

Del ser (estanciero) nacional

Cualquier coincidencia con la actualidad…

 

Del ser (estanciero) nacional

 

De Desde este mundo (Antología periodística 1968/1995), Sudamericana, Buenos Aires, 2004. Publicado en Página/12, 21/8/1988. 

 

"El gaucho —escribió una vez Macedonio Fernández— es el entretenimiento del caballo." Esa deliberada herejía apuntaba, seguro, no al cambiante hombre rural de las provincias si­no a ciertas infatuaciones como las de Ricardo Güiraldes, en ese Don Segundo del que Borges supo decir que estaba lleno de "la nostalgia de escribir en París un libro sobre un pueblo de la provincia de Buenos Aires que ha sido de uno, y se está llenando de gringos".

En 1944, la CARBAP se opuso al Estatuto del Peón Rural lanzado por Perón desde la Secretaría de Trabajo con este argumento metafísico: "Hay que cuidar lo poco que queda en nuestros campos del magnífico régimen patriarcal de la vieja estancia criolla". La Sociedad Rural apuntalaba más íntima­mente esa admonición: "Es preciso determinar el estándar de vida del peón común. Son a veces tan limitadas sus necesidades materiales que un remanente traería destinos socialmente poco recomendables".

En su libro Recuerdos, Dulce Liberal Martínez de Hoz anoticia de una fiesta dilatada durante diez días en una estancia de Córdoba, hacia 1977. Ahí, "además de los amigos de Córdoba y Buenos Aires vinieron otros de Francia y los Estados Unidos". Se lee: "Terminado el almuerzo, distribuí un recuer­do a cada uno de los invitados y, para distracción de los afi­cionados, se organizó una doma en los potreros". Los invita­dos eran unos doscientos y "desde el desayuno éramos unos veinticinco a la mesa, un grupo de gente divertida que habla­ba varias lenguas". Se jugaba tenis y croquet, se tocaba el pia­no. "En el parque poblado de pinos y cipreses, a la sombra de una pérgola, hicimos celebrar una misa, con la mayor simplicidad, por el obispo de Córdoba, Monseñor Audicio."

De José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de la última dic­tadura militar, se dijo siempre: "Joe es un hombre que comul­ga los primeros viernes". Elvio "Poroto" Botana —nacionalista de viejo cuño, católico— suele decir que, antes que la Iglesia, hay dos instituciones que manejan el antiguo campo argenti­no: la ruleta y el turf. "Atrás de cada estancia, hay unos paga­rés así de grandes. Después está la Iglesia, a la que dan algunos de los tantos hijos que tienen." Al respecto de esa tendencia reproductiva —que igualaría a la llamada gente de abolengo con los pobres, que no se cuidan—, una señora de varios apellidos que fue conocida como una de las damas más ricas de la Ar­gentina acostumbra a sentenciar que eso era porque, por ejem­plo, "mamita nos regalaba una estancia cada vez que teníamos un hijo". Después, en su departamento muy reducido de Ba­rrio Parque, vuelve a resucitar en sus tapices naif la vieja es­tancia de estilo francés en que pasó su infancia y se acuerda: "No­sotras éramos tontitas. Nos criaron sin leer, para brutas".

Botana, hablando de los incidentes del fin de semana pasado en la Sociedad Rural, dice lo mismo: "Son brutos. El hombre inteligente elige las ideas. El bruto, las cosas. Éstos hablan de vacas". Se está tocando el tema de la cruza: la aparición de los italianos, la industria cruzando capitales en el campo. "Con mirar los avisos de remate en La Nación, los cambiantes nombres de los avisos de los Anales de la Rural, uno comprueba cómo las familias criollas se están perdiendo." Entre esa nostalgia y la realidad ve una farsa: "Es como si los de la Rural no se dieran cuenta de que la historia les está pasando por encima".

En la última Exposición Rural, donde por cada raza hay un restaurante —aunque la vajilla ya no sea de cristal de bacará y porcelana, ni los cubiertos de plata, "como estaba en todas las casas porteñas en alguna época porque era barato", según Bota­na—, se ofrecían ostras con champán al paso y una comida pa­ra cuatro personas salía bastante más que el salario de un pe­ón de campo. Si los criadores de la Rural eligen la profundización de la cultura gastronómica, no pasa lo mismo con otro tipo de cultura. El único aporte cultural de la Rural fue expo­ner en sus instalaciones —en el año 1926, bajo la presidencia de Marcelo T. de Alvear, "patrón de las artes"— los trabajos de Florencio Molina Campos. Le dieron un puesto de profesor. Cuando se hizo popular con los almanaques, se tuvo que ir a trabajar a los Estados Unidos. Y eso que Molina Campos in­dagaba en las entrañas del ser argentino, esa cíclica preocupa­ción de una Rural que en 1974, para oponerse a un proyecto de Ley Agraria elaborado por el secretario de Agricultura y Ganadería, Horacio C. E. Giberti, amagó esta síntesis: "El pueblo votó por la doctrina y la filosofía justicialista y no pa­ra que se pretenda introducir ideas ajenas al sentir nacional. El anteproyecto de ley agraria no responde a las necesidades actuales del Agro Argentino. Surge del mismo una concep­ción distinta de la mayoría del Ser Nacional".

Esa "mayoría" estaría integrada por ellos mismos, los diez mil socios de la Rural. Hablando de pureza criolla, ya en 1905 el unitario doctor Ramos Mejía señalaba que casi la totalidad de las familias porteñas que se dicen de abolengo provienen de comerciantes —tenderos, bolicheros— de origen judeo-portugués escapados de la Inquisición del Alto Perú.

Ese mestizaje, cada vez más intrincado, está a la vista en el entrevero de apellidos de los actuales miembros de la Socie­dad Rural. El Ser Nacional se convierte, por estas cruzas, en el ser estanciero nacional.

 

 

 

  • Miguel Briante
    Briante, Miguel

    Miguel Briante nació en (General Belgrano, provincia de Buenos Aires, 1944- General Belgrano, 1995) fue un narrador y periodista notable. A los diecisiete años ganó con su relato "Kincón" el Primer Premio del Segundo Concurso de Cuentistas Americanos (premio organizado por la revista El escarabajo de oro y que compartió con Piglia, Rozenmacher, Gettino y Villegas Vidal). Su primer libro de relatos, Las hamacas voladoras, fue publicado en 1964. En 1993 se editó una nueva versión de su única novela, Kincón, originariamente aparecida en 1975. Sus otros dos libros de relatos, muchos de los cuales forman parte de antologías del género, fueron Hombre en la orilla (1968), y Ley de juego (1983).

    Briante ejerció los oficios de periodista y crítico de arte con la misma lucidez que ponía en sus textos literarios. Aparte de los catálogos, críticas de arte en revistas internacionales y colaboraciones en medios como La VozArtinf y Vogue, entre 1967 y 1975 trabajó para Confirmado, Primera PlanaPanorama y  La Opinión, entre 1977 y 1979 fue jefe de redacción de Confirmado, entre 1982 y 1984 fue jefe de redacción de El Porteño, y desde 1987 hasta su muerte estuvo a cargo de artes plásticas en Página/12. Los artistas argentinos también recuerdan su paso por el Centro Cultural Recoleta, primero como asesor (1989-90), y luego como director (1990-93).

    Su obra fue reeditada hace poco por Página/12 en una edición de bajo costo.