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Año 6 #69 Julio 2020

El otro duelo

Por razones que el lector atento puede conocer (o no), Borges trabaja en “El otro duelo” un registro inverosímil. La inverosimilitud borgeana (que en nada se parece a la ramplona inverosimilitud en boga en las malas series y películas hoy en día y que, lamentablemente, ha arrastrado a los también malos escritores) no es gratuita (y jamás la imposibilidad de ser creíble) nos pregunta sobre el odio, que es una manera de preguntar sobre la vida, que es una manera de preguntar sobre el alma humana.

 

El otro duelo


De Así escriben los argentinos, Editorial Orión, 1975.

 

Hace ya tantos años que Carlos Reyles, hijo del novelista, me refirió la historia en Adrogué, en un atardecer de verano. En mi recuerdo se confunden ahora la larga crónica de un odio y su trágico fin con el olor medicinal de los eucaliptos y la voz de los pájaros.

Hablamos, como siempre, de la entreverada historia de las dos patrias. Me dijo que sin duda yo tenía mentas de Juan Patricio Nolan, que había ganado fama de valiente, de bromista y de pícaro. Le contesté, mintiendo, que sí. Nolan había muerto hacia el noven­ta, pero la gente seguía pensando en él como en un amigo. Tuvo también sus detractores, que nunca fal­tan. Me contó una de sus muchas diabluras. El hecho había ocurrido poco antes de la batalla de Manantia­les; los protagonistas eran dos gauchos de Cerro Largo, Manuel Cardoso y Carmen Silveira.

¿Cómo y por qué se gestó su odio? ¿Cómo recupe­rar, al cabo de un siglo, la oscura historia de dos hombres, sin otra fama que la que les dio su duelo final? Un capataz del padre de Reyles, que se llamaba Ladrecha y "que tenía un bigote de tigre", había recibido por tradición oral ciertos pormenores que ahora traslado sin mayor fe, ya que el olvido y la me­moria son inventivos.

Manuel Cardoso y Carmen Silveira tenían sus cam­pitos linderos. Como el de otras pasiones, el origen de un odio siempre es oscuro, pero se habla de una porfía por animales sin marcar o de una carrera a costilla, en la que Silveira, que era más fuerte, había echado a pechazos de la cancha al parejero de Car­doso. Meses después ocurriría, en el comercio del lugar, una larga trucada mano a mano, de quince y quince; Silveira felicitaba a su contrario casi por cada baza, pero lo dejó al fin sin un cobre. Cuando guardó la plata en el tirador, agradeció a Cardoso la lección que le había dado. Fue entonces, creo, que estu­vieron a punto de irse a las manos. La partida había sido muy reñida; los concurrentes, que eran muchos, los desapartaron. En esas asperezas y en aquel tiempo, el hombre se encontraba con el hombre y el acero con el acero; un rasgo singular de la historia es que Manuel Cardoso y Carmen Silveira se habrán cruzado en las cuchillas más de una vez, en el atardecer y en el alba, y que no se batieron hasta el fin. Quizá sus pobres vidas rudimentarias no poseían otro bien que su odio y por eso lo fueron acumulando. Sin sospe­charlo, cada uno de los dos se convirtió en esclavo del otro.

Ya no sé si los hechos que narraré son efectos o causas. Cardoso, menos por amor que por hacer algo, se prendó de una muchacha vecina, la Serviliana; bastó que se enterara Silveira para que la festejara a su modo y se la llevara a su rancho. Al cabo de unos meses la echó porque ya lo estorbaba. La mujer, despechada, quiso buscar amparo en lo de Cardoso: éste pasó una noche con ella y la despidió al mediodía. No quería las sobras del otro.

Fue por aquellos años que sucedió, antes o después de la Serviliana, el incidente del ovejero. Silveira le tenía mucho apego y le había puesto Treinta y Tres como nombre. Lo hallaron muerto en una zanja; Sil­veira no dejó de maliciar quién se lo había enve­nenado.

Hacia el invierno del setenta, la revolución de Apa­ricio los encontró en la misma pulpería de la trucada. A la cabeza de un piquete de montoneros, un brasilero amulatado arengó a los presentes, les dijo que la patria los precisaba, que la opresión gubernista era intolerable, les repartió divisas blancas y, al cabo de ese exordio que no entendieron, arreó con todos. No les fue permitido despedirse de sus familias. Manuel Cardoso y Carmen Silveira aceptaron su suerte; la vida del soldado no era más dura que la vida del gaucho. Dormir a la intemperie, sobre el recado, era algo a lo que ya estaban hechos; matar hombres no le costaba mucho a la mano que tenía el hábito de matar animales. La falta de imaginación los libró del miedo y de la lástima, aunque el primero los tocó alguna vez, al iniciar las cargas. El temblor de los estribos y de las armas es una de las cosas que siempre se oyen al entrar en acción la caballería. El hombre que no ha sido herido al principio ya se cree invul­nerable. No extrañaron sus pagos. El concepto de patria les era ajeno; a pesar de las divisas de los chambergos, un partido les daba lo mismo que otro.

Aprendieron lo que se puede hacer con la lanza. En el curso de marchas y contramarchas, acabaron por sentir que ser compañeros les permitía seguir siendo rivales. Pelearon hombro a hombro y no cam­biaron, que sepamos, una sola palabra.

En el otoño del setenta y uno, que fue pesado, les llegaría el fin.

El combate, que no duraría una hora, ocurrió en un lugar cuyo nombre nunca supieron. Los nombres los ponen después los historiadores. La víspera,
Car­doso se metió gateando en la carpa del jefe y le pidió en voz baja que si al día siguiente ganaban, le reser­vara algún colorado, porque él no había degollado a nadie hasta entonces y quería saber cómo era. El superior le prometió que si se conducía como un hom­bre, le haría ese favor.

Los blancos eran más, pero los otros disponían de mejor armamento y los diezmaron desde lo alto de un cerro. Al cabo de dos cargas inútiles que no llegaron a la cumbre, el jefe, herido de gravedad, se rindió. Ahí mismo, a su pedido, lo despenaron.

Los hombres depusieron las armas. El capitán Juan Patricio Nolan, que comandaba a los colorados, ordenó con suma prolijidad la consabida ejecución de los prisioneros. Era de Cerro Largo y no desconocía el rencor antiguo de Silveira y Cardoso. Los mandó buscar y les dijo:

—Ya sé que ustedes dos no se pueden ver y que se andan buscando desde hace rato. Les tengo una buena noticia; antes que se entre el sol van a poder mostrar cuál es el más toro. Los voy a hacer degollar de parado y después correrán una carrera. Ya sabe Dios quién ganará.

El soldado que los había traído se los llevó.

La noticia no tardó en cundir por todo el campa­mento. Nolan había resuelto que la carrera coronaría la función de esa tarde, pero los prisioneros le man­daron un delegado para decirle que ellos también querían ser testigos y apostar a uno de los dos. Nolan, que era hombre razonable, se dejó convencer; se cru­zaron apuestas de dinero, de prendas de montar, de armas blancas y de caballos, que serían entregados a su tiempo a las viudas y deudos. El calor era inusi­tado; para que nadie se quedara sin siesta, demoraron las cosas hasta las cuatro. Nolan, a la manera criolla, los tuvo esperando una hora. Estaría comentando la victoria con otros oficiales; el asistente iba y venía con la caldera.

A cada lado del camino de tierra, contra las carpas, aguardaban las filas de prisioneros, sentados en el suelo, con las manos atadas a la espalda, para no dar trabajo. Uno que otro se desahogaba en malas pala­bras, uno dijo el principio del Padrenuestro, casi todos estaban como aturdidos. Naturalmente, no podían fumar. Ya no les importaba la carrera, pero todos miraban.

—A mí también me van a agarrar de las mechas —dijo uno, envidioso.

—Sí, pero en el montón —reparó un vecino.

—Como a vos —el otro le retrucó.

Con el sable, un sargento marcó una raya a lo ancho del camino. A Silveira y a Cardoso les habían desatado las muñecas, para que no corrieran traba­dos. Un espacio de más de cinco varas quedaba entre los dos. Pusieron los pies en la raya; algunos jefes les pidieron que no les fueran a fallar, porque les tenían fe y las sumas que habían apostado eran de mucho monto.

A Silveira le tocó en suerte el Pardo Nolan, cuyos abuelos habían sido sin duda esclavos de la familia del capitán y llevaban su nombre; a Cardoso, el dego­llador regular, un correntino entrado en años, que para serenar a los condenados solía decirles, con una palmadita en el hombro: "Ánimo, amigo; más sufren las mujeres cuando paren".

Tendido el torso hacia adelante, los dos hombres ansiosos no se miraron.

Nolan dio la señal.

Al Pardo, envanecido por su actuación, se le fue la mano y abrió una sajadura vistosa que iba de oreja a oreja; al correntino le bastó con un tajo angosto. De las gargantas brotó el chorro de sangre; los hom­bres dieron unos pasos y cayeron de bruces. Cardoso, en la caída, estiró los brazos. Había ganado y tal vez no lo supo nunca.

  • Jorge Luis Borges
    Borges, Jorge Luis

    Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, Suiza, 1986) es el escritor esencial de la literatura argentina. Su infancia transcurrió en el barrio de Palermo donde merodeaban los típicos “orilleros” de principios de siglo, personajes que evocaría en cuentos y poemas de su primera época.

    A los ocho años redactó en inglés una suerte de compendio de la mitología griega al que agregó singulares observaciones acerca de las divinidades menores y mayores. Poco después tradujo algunas páginas de Oscar Wilde que se publicaron en un diario porteño. Bajo la influencia paterna se aplicó a la lectura de Milton, Coleridge, Gibbon, Johnson, Stevenson y Whitman. Cursó estudios secundarios en Ginebra.

    Hacia 1919 se trasladó a España con su familia y tomó contacto con los escritores ultraístas. En 1921 regresó a la Argentina, participó en la fundación de varias publicaciones literarias y filosóficas como Prisma (1921-1922), Proa (1922-1926) y Martín Fierro. De manera esporádica publicó versos líricos centrados en temas históricos que luego serán compilados en los volúmenes Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). Es por esos años que trabó relación con Ricardo Güiraldes, Macedonio Fernández, Alfonso Reyes y Oliverio Girondo.

    En la década del 30 pierde paulatinamente la visión debido a una enfermedad hereditaria. En 1940 conoció a Adolfo Bioy Casares y publicó con él y Silvina Ocampo la Antología de la literatura fantástica. Se desempeñó como profesor de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires a partir de 1955, año en el que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, función que ejerció hasta 1973. Universalmente conocido por sus cuentos, Borges se inició en la escritura con ensayos filosóficos y literarios, algunos de los cuales se encuentran reunidos en Inquisiciones. Los mundos problemáticos se organizan con el socorro de un tiempo reversible y de un espacio que siempre se desdobla. Sus páginas despliegan un universo fantástico, metafísico.

    Obra:

    Cuentos:

    • Historia universal de la infamia (1935)
    • Ficciones (1944)
    • El Aleph (1949)
    • El informe de Brodie (1970)
    • El libro de arena (1975)
    • La memoria de Shakespeare (1983)


    Poemas:

    • Fervor de Buenos Aires (1923)
    • Luna de enfrente (1925)
    • Cuaderno San Martín (1929)
    • El hacedor (1960)
    • El otro, el mismo (1964)
    • Para las seis cuerdas (1965)
    • Elogio de la sombra (1969)
    • El oro de los tigres (1972)
    • La rosa profunda (1975)
    • La moneda de hierro (1976)
    • Historia de la noche (1977)
    • La cifra (1981)
    • Los conjurados (1985)


    Ensayos:

    • Inquisiciones(1925)
    • El tamaño de mi esperanza(1926)
    • El idioma de los argentinos(1928)
    • Evaristo Carriego(1930)
    • Discusión(1932)
    • Historia de la eternidad(1936)
    • Otras inquisiciones(1952)
    • Prólogos con un prólogo de prólogos(1975)
    • Borges oral(1979)
    • Siete noches (1980)
    • Nueve ensayos dantescos(1982)
    • Atlas(1984)


    Póstumos:

    • Textos cautivos (1986)
    • Biblioteca personal (1988)
    • Prólogos de La biblioteca de Babel (1995)
    • Borges en Sur (1999)
    • Un ensayo autobiográfico o Autobiografía (1999)
    • Borges en El Hogar (2000)
    • Arte poética (2000)
    • El aprendizaje del escritor (2014), transcripción del seminario sobre escritura que dictó en Columbia, en 1971
    • Conferencias sobre el tango (2015)


    Antologías:

    • Antología personal (1961)
    • Nueva antología personal (1968)
    • Libro de sueños (1976)


    Obras en colaboración

    • Índice de la poesía americana, antología con Vicente Huidobro y Alberto Hidalgo
    • Antología clásica de la literatura argentina (1937), con Pedro Henríquez Ureña
    • Antología de la literatura fantástica(1940), con Bioy Casares y Silvina Ocampo
    • Antología poética argentina(1941), con Bioy Casares y Silvina Ocampo
    • Seis problemas para don Isidro Parodi(1942), con Bioy Casares
    • El compadrito(1945), antología de textos de autores argentinos en colaboración con Silvina Bullrich
    • Dos fantasías memorables (1946), con Bioy Casares
    • Un modelo para la muerte (1946), con Bioy Casares
    • Antiguas literaturas germánicas (México, 1951), con Delia Ingenieros
    • El idioma de Buenos Aires (1952), con José Edmundo Clemente
    • El Martín Fierro (1953), con Margarita Guerrero
    • Poesía gauchesca (1955), con Bioy Casares
    • Cuentos breves y extraordinarios (1955), con Bioy casares
    • El paraíso de los creyentes (1955), con Bioy casares
    • Leopoldo Lugones (1955), con Betina Edelberg
    • Los orilleros (1955), con Bioy Casares
    • La hermana Eloísa (1955), con Luisa Mercedes Levinson
    • Manual de zoología fantástica (México, 1957), con Margarita Guerrero
    • Los mejores cuentos policiales (1943 y 1956), con Bioy Casares
    • Libro del cielo y del infierno (1960), con Bioy Casares
    • Introducción a la literatura inglesa (1965), con María Esther Váquez
    • Literaturas germánicas medievales (1966), con María Esther Vázquez, revisa y corrige el tratado Antiguas literaturas germánicas
    • Introducción a la literatura norteamericana (1967), con Estela Zemborain de Torres
    • Crónicas de Bustos Domecq (1967), con Bioy Casares.
    • El libro de los seres imaginarios (1967), con Margarita Guerrero.
    • ¿Qué es el budismo? (1976), con Alicia Jurado
    • Diálogos (1976), con Ernesto Sabato
    • Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977), con Bioy Casares
    • Breve antología anglosajona (1978), con María Kodama