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Año 6 #69 Julio 2020

Tres de Fredric Brown

El cuento breve carece del desarrollo del cuento, su cortedad, apenas un suspiro, busca en su síntesis molestar, producir esa sensación de no saciedad, de que algo se nos escapa o, por lo menos, de que algo tenemos que atrapar. La ciencia ficción pocas veces aborda el relato breve, aquí presentamos tres de Fredic Brown.

 

J.C

 

—Walter, ¿qué es un J. C.? —preguntó la señora Ralston a su marido, el doctor Ralston, mientras desayunaban.

—Bueno, creo que ese era el nombre con que se designaba a los miembros de la llamada Cámara de Comercio Juvenil. No sé si todavía existen o no. ¿Por qué?

—Martha me ha dicho que Henry murmuraba ayer noche algo acerca de los J.C, cincuenta millones de J. C. No quiso contes­tarle cuando ella le preguntó qué significaba.

Martha era la señora Graham, y Henry, su marido, el doctor Graham. Vivían en la casa de al Iado y los dos doctores y sus esposas eran íntimos amigos.

—-Cincuenta millones —repitió el doctor Ralston, meditati­vamente—. Ese es el número de partenogénesis efectuadas.

Él debía saberlo; él y el doctor Graham eran los responsables de las partenogénesis. Veinte años atrás, en 1980, realizaron el primer experimento de partenogénesis humana, la fertilización de una célula femenina sin ayuda de otra masculina. El fruto de ese experimento, llamado John, tenía veinte años y vivía con el doctor Graham y su esposa en la casa de al Iado; lo habían adoptado tras el fallecimiento de su madre en un accidente ocu­rrido hacía algunos años.

Ningún otro partenogenésico tenía más de la mitad de la edad de John. Hasta que John hubo cumplido diez años, y se reveló como una persona sana y normal, no se decidieron las autori­dades a retirar todos los obstáculos y permitir a todas las muje­res que quisieran tener un hijo y fueran solteras o estuvieran ca­sadas con un hombre estéril que tuvieran un hijo partenogené­sicamente. Debido a la escasez de hombres —la desastrosa epi­demia iniciada en 1970 había aniquilado a casi la tercera parte de la población masculina del mundo—, más de cincuenta mi­llones de mujeres solicitaron el permiso para tener hijos parte­nogenésicos y lo obtuvieron. Afortunadamente, para compen­sar el equilibrio de sexos, resultó que todos los niños concebidos por partenogénesis fueron varones.

   —Martha cree —dijo la señora Ralston— que Henry está preo­cupado por John, pero no sabe por qué. ¡Es un muchacho tan bueno!

El doctor Graham irrumpió súbitamente y sin previo aviso en la habitación. Estaba muy pálido y tenía los ojos desorbita­dos.

—Yo tenía razón —declaró.

—¿Acerca de qué?

—Acerca de John. No se lo he dicho a nadie, pero ¿sabes lo que hizo cuando se nos acabó la bebida en la fiesta de anoche?

El doctor Ralston frunció e! ceño.

—¿Convertir el agua en vino?

—En ginebra; estábamos tomando martinis. Y hace un mo­mento se ha ido a hacer esquí acuático... y no se ha llevado los esquís. Me ha dicho que con fe no los necesitaría.

—¡Oh, no! —exclamó el doctor Ralston.

Sepultó la cabeza entre las manos.

En la historia sólo había habido un nacimiento virginal antes de entonces. Ahora, cincuenta millones de niños nacidos virgi­nalmente estaban creciendo. Al cabo de otros diez años serían cincuenta millones de... J. C.

—¡No! —sollozó e! doctor Ralston—. ¡No!

 

 

RESPUESTA

 

Dwar Ev soldó ceremoniosamente la última conexión con oro.

Los ojos de una docena de cámaras de televisión le contempla­ban y el subéter transmitió al universo una docena de imágenes sobre lo que estaba haciendo.

Se enderezó e hizo una seña a Dwar Reyn, acercándose des­pués a un interruptor que completaría el contacto cuando lo accionara. El interruptor conectaría, inmediatamente, todo aquel monstruo de máquinas computadoras con todos los planetas ha­bitados del universo —noventa y seis mil millones de planetas—­ en el supercircuito que los conectaría a todos con una supercal­culadora, una máquina cibernética que combinaría todos los co­nocimientos de todas las galaxias.

Dwar Reyn habló brevemente a los miles de millones de es­pectadores y oyentes. Después, tras un momento de silencio, dijo:

—Ahora, Dwar Ev.

Dwar Ev accionó el interruptor. Se produjo un impresionante zumbido, la onda de energía procedente de noventa y seis mil millones de planetas. Las luces se encendieron y apagaron a lo largo de los muchos kilómetros de longitud de los paneles.

Dwar Ev retrocedió un paso y lanzó un profundo suspiro.

—El honor de formular la primera pregunta te corresponde a ti, Dwar Reyn.

—Gracias —repuso Dwar Reyn—. Será una pregunta que nin­guna máquina cibernética ha podido contestar por sí sola.

Se volvió de cara a la máquina.

—¿Existe Dios?

La impresionante voz contestó sin vacilar, sin el chasquido de un solo relé.

—Sí, ahora existe un Dios.

Un súbito temor se reflejó en la cara de Dwar Ev. Dio un sal­to para tomar el interruptor.

Un rayo procedente del cielo despejado le abatió y produjo un cortocircuito que inutilizó el interruptor.

 

 

EL FINAL

 

El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.

—Y he encontrado la ecuación clave —dijo un buen día a su hija—. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo.

Apretando un botón mientras hablaba, dijo:

—Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto —dijo, hablaba mientras botón un apretando.

—Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabrica­do he que máquina la. Campo un es tiempo el. —Hija su a día buen un dijo—. Clave ecuación la encontrado he y.

Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.

 

  • Fredric Brown
    Brown, Fredric

    Fredric Brown (1906-1972) nació en Cincinnati, Ohio, Estados Unidos, el 29 de octubre de 1906. Se emplea en diversos trabajos que nada tienen que ver con su vocación.

    Un año después de casarse (1929), fue corrector de pruebas, trabajo que conservó por prudencia pese a ser un escritor notable. Toda su obra trasunta sus rasgos personales. Sus personajes, son escritores, periodistas, bebedores y jugadores como él mismo.

    En 1936 escribe historias menores para revistas baratas (“pulps”). Su primer relato policial fue The Moon for a Nickel (1938) y de ciencia ficción Not yet the End (1941).

    Su estilo narrativo juega con las palabras a veces sin más contenido que dicho juego (El final), sin embargo toda su obra está impregnada de una búsqueda metafísica a través de la superposición de fantasía y realidad tal como se advierte en Universo de locos (1949), tal vez su mejor novela y algunos cuentos (No sucedió, Armagedón, Arena, etc.).

    The Fabulous Clipjoint (1947) es su novela preferida. Con ella obtiene el Premio Edgar Allan Poe (1948). Divorciado, se vuelve a casar y se traslada a Nueva York, pero un asma (1949) lo obliga a residir en New México. Hacía largos viajes en autobús buscando inspiración en la monotonía de los viajes. De ese modo llegó a publicar tres novelas en 1955 (The Wench is Dead, Martians, Go Home y la adaptación para TV de Cry Silence, escrito siete años antes).

    Night of the Jabberwock (1950), inspirada en Alicia..., de Lewis Carroll, es su obra maestra del género criminal. The Lights in the Sky Are Stars (1953), es bien recibido a pesar de su pesimismo, en cambio La oficina (1958), de corte realista no interesó.

    También ha realizado adaptaciones para televisión: The Last Martian (1959), Arena (1964), readaptado en 1967 para un capitulo de Star Trek.

    En 1963 su asma deriva a un enfisema y debe regresar a Tucson, Arizona, su última residencia. Siete años más tarde concluiría su última novela, The Mind Thing (1970). Su muerte ocurre en el hospital de Tucson el 12 de marzo de 1972.

Más en este número Espérenme que ya vuelvo »