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Año 6 #64 Febrero 2020

El secretario del club

Woody Allen hizo famosa la frase de Groucho Marx: Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo, pero Dunsany nos propone un club extraordinario, del que probablemente no podamos ser socios, pero que sería magnífico serlo.

 

El secretario del club

 

Creo haber contado que en nuestro club existe la costumbre de conversar de jardinería en primavera y verano, o mejor dicho, de escuchar la explicación de lo que los diversos miembros han hecho en sus jardines, o del nacimiento sumamente temprano de una planta, o de su increíble tamaño en el jardín de cualquiera de nosotros; pero cuando llega la estación de las nieblas y el sol se pone detrás de los edificios antes de que termine el almuerzo, acostumbramos a contar historias más entretenidas con el fin de impedir que alguien se duerma delante de la chimenea o que todos los miembros vayan marchándose, alegando algún asunto tedioso. Fue en una de estas ocasiones, cuando uno de nuestro grupo, sentado ante el fuego, y que parecía a punto de dormirse, abrió de pronto los ojos y exclamó:

—¡Por favor, que alguien nos hable de algún sitio donde aún brille el sol!

Entonces oí que Jorkens respiraba con fuerza. Pero antes de que pudiese hablar, se oyó la voz de Terbut:

—Y que se trate, por una vez, de Inglaterra. Estoy harto de oír hablar de cosas ocurridas en los confines del mundo.

Jamás había oído un intento más deliberado de hacer callar a Jorkens. Mas no sirvió de nada.

—Una vez vi una cosa muy extraña en Inglaterra —empezó a contar Jorkens—. Sí, una cosa muy extraña. Iba dando un paseo fuera de Londres..., un paseo muy largo con bocadillos y un buen frasco de una pinta. Caminaba en parte por hacer ejercicio, aunque más para complacer a mi espíritu que a mi cuerpo. Estaba harto de las calles enlosadas. Ya sabéis lo que se siente en tales ocasiones, y la primavera venía a grandes zancadas. No sé por dónde iba, aunque sí que debía de ser en dirección oeste aproximadamente, ya que tenía el sol enfrente. "Eché a andar temprano y no almorcé hasta al menos las dos, puesto que no me senté a hacerlo hasta que estuve completamente fuera de Londres. Debía de haber andado unos buenos treinta kilómetros. Bien, me senté sobre un trecho herboso, ante un seto verdísimo que corría por encima de un ribazo. [Ribazo: Porción de tierra con elevación y declive (RAE).] Las prímulas ya habían florecido, así como las violetas tempranas. Allí almorcé, mientras oía cantar a los pájaros y unas nubes blancas se deslizaban por el cielo azul. No tenía idea de lo que había al otro lado del seto, ya que no podía ver nada ni a su través ni por encima. Mientras almorzaba, me contenté con estar allí sentado, meditando cómodamente. Y después de almorzar, entre la larga caminata, el canto de los pájaros, el resplandeciente sol y todo lo demás, empecé a adormilarme cuando un súbito ataque de curiosidad me obligó a levantarme y echar una ojeada a través del seto. Entonces, por entre una brecha abierta entre los tallos del seto espinoso, divisé una serie de prados que se extendían a lo lejos, y un edificio con ventanas curvadas, cristales verdes y tejado rojo, que evidentemente era la casa de un club de golf. Aquella ojeada no aplacó mi curiosidad, porque la luz primaveral brillaba con tanta fuerza sobre los prados que parecían poseer el resplandor de otros soles percibidos mucho antes, por la mañana temprano, y recordados casi desde la infancia; parecían poseer una cualidad mágica.

"En aquella época yo era muy delgado, y una vez tuve la cabeza metida en aquella brecha del seto, pasar al otro lado sólo fue cuestión de retorcerme un poco. Nadie jugaba al golf, por lo que fui hasta la casa sin ver a nadie ni oír el menor sonido. La hierba crecía en tal abundancia que llegué a pensar que aquellos prados tal vez fuesen demasiado pantanosos para jugar al golf. Llegué, en medio del silencio, hasta la puerta de roble del club. Y allí, un portero con una librea muy reluciente, aunque anticuada, abrió al momento la puerta. Iba ya a disculparme y a explicar que me había extraviado, pero pensando que sería mejor excusarme ante un miembro de más autoridad del club que ante un simple portero, o tal vez para ganar tiempo, pedí ver al secretario. El secretario se hallaba en la casa y el portero lo condujo al momento hasta mí.

—¿En qué puedo servirle? —fue la amable pregunta.

—Deseo disculparme —dije—. No soy miembro de su club de golf. Me extravié entre sus prados.

—Esto no es un club de golf —sonrió el secretario.

—¿No?

—No —dijo etéreamente. O eso me pareció. Era algo incorpóreo, incluso para un secretario de club—. No —repitió—, no es un club de golf.

—Pues pensé que era un club de golf —insistí.

—No —contestó—. En realidad es un club para poetas.

—¿Para poetas? —me asombré.

—Sí, y aunque esto le sorprenda, para poetas de todas las épocas.

—¿De todas las épocas? —repetí.

—Sí —llevándome hacia las puertas interiores del vestíbulo, me indicó a través de los cristales—. Vea allí a Swinburne charlando con Herrick.

Seguro, reconocí el rostro anhelante de Swinburne, que estaba hablando, y vi al individuo que el secretario había llamado Herrick, el cual respondía con unas risitas. Bien, a pesar de lo que acababa de decirme el secretario, la cosa no me sorprendió; había algo tan etéreo en la luz de los prados que cruzara antes de llegar a la casa del club, y algo tan alejado de esta época en aquel pequeño edificio, que parecía natural que allí se reuniesen personas de todos los tiempos pretéritos. No me habría sorprendido ver al propio Homero. Y allí estaba, acariciándose la barba majestuosamente.

—Allí está Stephen Phillips —continuó el secretario—, conversando con Dante.

Reconocí a los dos nombrados y me pareció observar, a través de los vidrios un tanto opacos, cierta semejanza de rasgos.

—Ha tenido suerte al ser elegido, ¿eh? —comenté, señalando a Phillips.

—Bien, sí —convino el secretario—; se encuentran casos de suerte en todos los clubs... si bien siempre haya alguien que no la tenga.

Después apareció Tennyson al otro lado de los cristales algo borrosos. Le reconocí inmediatamente.

—Tal vez se hunda un poco en esa zona —dije, indicando los prados por los que yo había llegado hasta el club.

—Oh, no, allí está bien —replicó el secretario.

—¿Y los camareros? —inquirí, al ver que varios pasaban de un lado a otro.

—Todos son escritores. Todos escribieron buenas obras. Pero no son inmortales. Aquél es el mejor del personal —señaló al portero—. Es Pope.

—Pope —repetí—. ¿De veras? Supongo que la cuota de ingreso en el club...

—Es muy elevada. Como ve, tenemos a Shakespeare, Milton y los mejores. Allí va Shelley.

Vi una figura delgada que pasaba, dejando caer lo que me pareció un folleto político en el sombrero de alguien.

—¿Cómo se llama este club? —quise saber.

—El Club Elíseo.

Pope sólo era el portero, y Homero un miembro con pleno derecho. Entonces, ¿quién era el secretario? Era ésta la pregunta que, en aquel extraordinario club, donde podía haber tantas cosas interesantes, me absorbía casi por entero. ¡Qué poderosa es la curiosidad, una vez despertada! Hubiese podido hablar a Shakespeare. Y, no obstante, malgastaba el tiempo tratando de satisfacer la miserable curiosidad de saber quién era el secretario.

—Naturalmente, usted también escribe.

—Muy poco —murmuró mi interlocutor—. Lo dejé hace mucho tiempo.

¡Lo había dejado! Esto aún era más asombroso. Y, sin embargo, tenía que ser más importante que Pope. ¿Sería Keats? Lo pensé un instante. Porque Keats escribió muy poco en comparación con otros. Pero no, Keats nunca dejó de escribir.

No me quedaba más remedio que preguntarle su nombre. Cosa que hice. Y me lo dijo. Y, ¿saben una cosa?, no me aclaró nada. Lo cual fue una torpeza.

—Sí, sí, claro —balbucí, observación que dejaba traslucir que no me había aclarado nada en absoluto. Pero el secretario no se ofendió.

—No, no, usted no ha oído hablar de mí. Escribí muy poco. Un gran verso... eso es lo que opinan los miembros. De haber escrito treinta habría podido ser miembro del club. Pero, según dicen, sólo escribí un gran verso... Mejor que los de aquél —añadió, señalando al portero—. Pero no lo bastante para ser miembro, repito. Aunque sí lo soy honorario.

Bien, yo he leído mucha poesía yendo por el mundo, y el verso podía aclararme lo que no me decía el nombre. Seguro que así sería. Le rogué que recitase el verso, y empezó al momento:

—Una ciudad rosa y roja...

Pero yo lo terminé por él:

—... la mitad de vieja que el tiempo.

—¡Sí! —exclamó—. Una ciudad rosa y roja, / la mitad de vieja que el tiempo —y repitió el bellísimo verso como un buen catador degustando un oporto viejo de un siglo—. Lástima que no compusiera treinta como éste; aunque, en realidad, estoy bien como estoy. ¿Quiere ver mi despacho?

Bien, me enseñó un cuartito muy lindo, y yo hubiese debido hablar más con él, y especialmente ver a más miembros; pero, al fin y al cabo, yo había entrado casi por la fuerza en el club, y ya había molestado bastante al secretario. De modo que le ofrecí mi frasco, que naturalmente estaba lleno de whisky, en pago de sus amabilidades. Y, ¿sabéis una cosa?, se bebió hasta la última gota. Cuando quise beber a mi vez, ya en la carretera, encontré el frasco totalmente vacío.

El secretario del fantasmagórico Club Elíseo es John William Burgon (1813-1888), que, valga la paradoja, es el más famoso de los poetas desconocidos, al menos entre los anglosajones. En efecto, el verso que da pie a este relato está considerado como uno de los más bellos de la poesía en lengua inglesa, y, sin embargo, su autor no escribió ninguna otra cosa notable y es prácticamente desconocido. El verso en cuestión pertenece al poema Petra (premiado en Newdigate en 1845), que incluye el pareado:

Match me such marvel save in Eastern clime,

A rose-red city half as old as time.

Este famoso verso ha dado lugar incluso a una adivinanza matemática, que reproduzco (en adaptación libérrima de la versión inglesa) para deleite y gimnasia mental del lector:

Una ciudad rosa y roja,

la mitad de vieja que el tiempo,

hace mil millones de años

tenía, ni más ni menos,

los dos quintos de la edad

que tendrá el vetusto tiempo

cuando mil millones de años

vuelvan a pasar de nuevo.

¿Qué edad tiene la ciudad

mientras escribo estos versos?

  • Lord Dunsany
    Dunsany, Lord

    Edward John Moreton Drax Plunkett (1878/1957), XVIII Barón de Dunsany, escritor, poeta y dramaturgo irlandés, nació en Londres el 24 de julio de 1878. De origen noble, se educó en el Eton College y la Real Academia Militar de Sandhurst.

    A los 21 años hereda de su padre el título de lord. Participó en la Guerra Bóer y en la 1º Guerra Mundial. Vinculado a otros autores irlandeses como Yeats, fue un gran aficionado a la caza y el ajedrez.

    Su obra, rica en humor e imaginación, reúne tradiciones celtas, misticismo y fantasía épica. Aires de oriente y sueños atemporales condensan relatos como El tiempo y los dioses (1906), La espada de Welleran (1908) o Cuentos de un soñador (1922).

    En su novela La hija del rey del país de los elfos (1924), una mujer inmortal renuncia a esa condición por amor, decisión similar a la de Arwen, en El señor de los anillos de Tolkien. Su fantasía heroica influyó en Lovecraft, confeso admirador suyo.

    Sus comedias La Puerta Resplandeciente (1909) y El Sombrero de Seda Perdido (1913), anticipan el teatro del absurdo. En poesía publicó Cincuenta poemas (1929), Agua de espejismo (1938), Poemas de guerra (1941) y Para despertar a Pegaso (1949).

    Lord Dunsany ha resaltado lo onírico. Sus propias palabras privilegian el mundo de los sueños donde abrevaran narradores fantásticos como Howard, Lovecraft y otros: “No escribo nunca sobre las cosas que he visto; escribo sobre las que he soñado”.

    El período 1905-19 fue el más prolífico. Se inicia con Los dioses de Pegana y finaliza con Cuentos de los tres hemisferios. Durante esos años creó muchos relatos (más fuertes aún que sus novelas) de perfección estilística sólo comparables a Lovecraft y Poe.

    Pedazos de Luz (1938), Mientras las sirenas dormían (1944) y El velatorio de las sirenas (1945) integran una trilogía autobiográfica.

    Murió el 25 de octubre de 1957 a causa de un ataque de apendicitis

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