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Año 6 #64 Febrero 2020

Redoble por Rancas

Redoble por Rancas tal vez la obra más difundida de Manuel Scorza. En ella denuncia explícitamente los abusos perpetrados sobre las comunidades indígenas andinas de Cerro de Pasco. Reproducimos un breve fragmento donde puede observarse una pluma inigualable, acaso la más notable del Bum latinoamericano.

 

DONDE EL ZAHORÍ LECTOR OIRÁ HABLAR
DE CIERTA CELEBÉRRIMA MONEDA

Por la misma esquina de la plaza de Yanahuanca por donde, andando los tiempos, emergería la Guardia de Asalto para fundar el segundo cementerio de Chinche, un húmedo septiembre, el atardecer exhaló un traje negro. El traje, de seis botones, lucía un chaleco surcado por la leontina de oro de un Longines auténtico. Como todos los atardeceres de los últimos treinta años, el traje descendió a la plaza para iniciar los sesenta minutos de su imperturbable paseo.

Hacia las siete de ese friolento crepúsculo, el traje negro se detuvo, consultó el Longines y enfiló hacia un caserón de tres pisos. Mientras el pie izquierdo se demoraba en el aire y el derecho oprimía el segundo de los tres escalones que unen la plaza al sardinel, una moneda de bronce se deslizó del bolsillo izquierdo del pantalón, rodó tintineando y se detuvo en la primera grada. Don Herón de los Ríos, el Alcalde, que hacía rato esperaba lanzar respetuosamente un sombrerazo, gritó: “¡Don Paco, se le ha caído un sol!”

El traje negro no se volvió.

El Alcalde de Yanahuanca, los comerciantes y la chiquillería se aproximaron. Encendida por los finales oros del crepúsculo, la moneda ardía. El Alcalde, oscurecido por una severidad que no pertenecía al anochecer, clavó los ojos en la moneda y levantó el índice: “¡Que nadie la toque!” La noticia se propaló vertiginosamente. Todas las casas de la provincia de Yanahuanca se escalofriaron con la nueva de que el doctor don Francisco Montenegro, Juez de Primera Instancia, había extraviado un sol.

Los amantes del bochinche, los enamorados y los borrachos se desprendieron de las primeras oscuridades para admirarla. “¡Es el sol del doctor!”, susurraban exaltados. Al día siguiente, temprano, los comerciantes de la plaza la desgastaron con temerosas miradas. “¡Es el sol del doctor!”, se conmovían. Gravemente instruidos por el Director de la Escuela —“No vaya a ser que una imprudencia conduzca a vuestros padres a la cárcel”—, los escolares la admiraron al mediodía: la moneda tomaba sol sobre las mismas desteñidas hojas de eucalipto. Hacia las cuatro, un rapaz de ocho años se atrevió a arañarla con un palito: en esa frontera se detuvo el coraje de la provincia.

Nadie volvió a tocarla durante los doce meses siguientes. Sosegada la agitación de las primeras semanas, la provincia se acostumbró a convivir con la moneda. Los comerciantes de la plaza, responsables de primera línea, vigilaban con tentaculares miradas a los curiosos. Precaución inútil: el último lameculos de la provincia sabía que apoderarse de esa moneda, teóricamente equivalente a cinco galletas de soda o a un puñado de duraznos, significaría algo peor que un carcelazo. La moneda llegó a ser una atracción. El pueblo se acostumbró a salir de paseo para mirarla. Los enamorados se citaban alrededor de sus fulguraciones.

El único que no se enteró que en la plaza de Yanahuanca existía una moneda destinada a probar la honradez de la altiva provincia fue el doctor Montenegro.

Todos los crepúsculos cumplía veinte vueltas exactas. Todas las tardes repetía los doscientos cincuenta y seis pasos que constituyen la vuelta del polvoriento rectángulo. A las cuatro, la plaza hierve, a las cinco todavía es un lugar público, pero a las seis es un desierto. Ninguna ley prohíbe pasearse a esa hora, pero sea porque el cansancio acomete a los paseantes, sea porque sus estómagos reclaman la cena, a las seis la plaza se deshabita. El medio cuerpo de un hombre achaparrado, tripudo, de pequeños ojos extraviados en un rostro cetrino, emerge a las cinco, al balcón de un caserón de tres pisos de ventanas siempre veladas por una espesa neblina de visillos. Durante sesenta minutos ese caballero casi desprovisto de labios, contempla, absolutamente inmóvil, el desastre del sol. ¿Qué comarcas recorre su imaginación? ¿Enumera sus propiedades? ¿Recuenta sus rebaños? ¿Prepara pesadas condenas? ¿Visita a sus enemigos? ¡Quién sabe! Cincuenta y nueve minutos después de iniciada su entrevista solar, el Magistrado autoriza a su ojo derecho a consultar el Longines, baja la escalera, cruza el portón azul y gravemente enfila hacia la plaza. Ya está deshabitada. Hasta los perros saben que de seis a siete no se ladra allí.

Noventa y siete días después del anochecer en que rodó la moneda del doctor, la cantina de don Glicerio Cisneros vomitó un racimo de borrachos. Mal aconsejado por un aguardiente de culebra, Encarnación López se había propuesto apoderarse de aquel mitológico sol. Se tambalearon hacia la plaza. Eran las diez de la noche. Mascullando obscenidades, Encarnación iluminó el sol con su linterna de pilas. Los ebrios seguían sus movimientos imantados. Encarnación recogió la moneda, la calentó en la palma de la mano, se la metió en el bolsillo y se difuminó bajo la luna.

Pasada la resaca, por los labios de yeso de su mujer, Encarnación conoció al día siguiente el bárbaro tamaño de su coraje. Entre puertas que se cerraban presurosas se trastabilló hacia la plaza lívido como la cera de cincuenta centavos que su mujer encendía ante el Señor de los Milagros. Sólo cuando descubrió que él mismo, sonámbulo, había depositado la moneda en el primer escalón, recuperó el color.

El invierno, las pesadas lluvias, la primavera, el desgarrado otoño y de nuevo la estación de las heladas circunvalaron la moneda. Y se dio el caso de que una provincia cuya desaforada profesión era el abigeato, se laqueó de una imprevista honradez. Todos sabían que en la plaza de Yanahuanca existía una moneda idéntica a cualquier otra circulante, un sol que en el anverso mostraba el árbol de la quina, la llama y el cuerno de la abundancia del escudo de la República y en el reverso exhibía la caución moral del Banco de Reserva del Perú. Pero nadie se atrevía a tocarla. El repentino florecimiento de las buenas costumbres inflamó el orgullo de los viejos. Todas las tardes auscultaban a los niños que volvían de la escuela. “¡Y la moneda del doctor?” “¡Sigue en su sitio!” “Nadie la ha tocado.” “Tres arrieros de Pillao la estuvieron admirando.” Los ancianos levantaban el índice; con una mezcla de severidad y orgullo: “¡Así debe ser; la gente honrada no necesita candados!”.

A pie, o a caballo, la celebridad de la moneda recorrió caseríos desparramados en diez leguas. Temerosos que una imprudencia provocara en los pueblos pestes peores que el mal de ojo, los teniente-gobernadores advirtieron, de casa en casa, que en la Plaza de Armas de Yanahuanca envejecía una moneda intocable. ¡No fuera que algún comemierda bajara a la provincia a comprar fósforos y “descubriera” el sol! La fiesta de Santa Rosa, el aniversario de la Batalla de Ayacucho, el Día de los Difuntos, la Santa Navidad, la Misa de Gallo, el Día de los Inocentes, el Año Nuevo, la Pascua de Reyes, los Carnavales, el Miércoles de Ceniza, la Semana Santa y, de nuevo, el aniversario de la Independencia Nacional sobrevolaron la moneda. Nadie la tocó. No bien llegaban los forasteros, la chiquillería los enloquecía: “¡Cuidado, señores, con la moneda del doctor!” Los fuereños sonreían burlones, pero la borrascosa cara de los comerciantes los enfriaba. Pero un agente viajero, engreído con la representación de una casa mayorista de Huancayo (dicho sea de paso: jamás volvió a recibir una orden de compra en Yanahuanca) preguntó con una sonrisita: “¿Cómo sigue de salud la moneda?” Consagración Mejorada le contestó: “Si usted no vive aquí, mejor que no abra la boca.” “Yo vivo en cualquier parte”, contestó el bellaco, avanzando. Consagración —que en el nombre llevaba el destino— le trancó la calle con sus dos metros: “Atrévase a tocarla”, tronó. El de la sonrisita se congeló. Consagración, que en el fondo era un cordero, se retiró confuso. En la esquina lo felicitó el Alcalde: “¡Así hay que ser: derecho!” Esa misma noche, en todos los fogones, se supo que Consagración, cuya única hazaña conocida era beberse sin parar una botella de aguardiente, había salvado al pueblo. En esa esquina lo parió la suerte. Porque no bien amaneció los comerciantes de la Plaza de Armas, orgullosos de que un yanahuanquino le hubiera parado el macho a un badulaque huancaíno, lo contrataron para descargar, por cien soles mensuales, las mercaderías.

La víspera de la fiesta de Santa Rosa, patrona de la Policía, descubridora de misterios, casi a la misma hora en que un año antes la extraviara, los ojos de ratón del doctor Montenegro sorprendieron una moneda. El traje negro se detuvo delante del celebérrimo escalón. Un murmullo escalofrió la plaza. El traje negro recogió el sol y se alejó. Contento de su buena suerte, esa noche reveló en el club: “¡Señores, me he encontrado un sol en la plaza!”

La provincia suspiró.

  • Manuel Scorza
    Scorza, Manuel

    Manuel Scorza (1928/1983) nació en Lima, Perú, en 1928, ciudad a la que regresó luego de pasar su infancia en Acoria, departamento de Huancavelica.

    Estudió en el Colegio Militar Leoncio Prado y en 1945 ingresó a la Universidad Nacional Mayor San Marcos iniciando una etapa de intensa actividad política. A raíz de ello, en 1948, con sólo veinte años de edad, debe abandonar su país padeciendo los rigores del exilio.

    El desconsuelo del desarraigo está plasmado con intensidad en su primer poemario, Las Imprecaciones (México, 1955) que obtiene el Premio Nacional de Poesía tres años más tarde (1958), en oportunidad de su regreso al finalizar la dictadura.

    Su aporte no se limitó a la creación literaria, sino que se extendió a la difusión cultural con su exitoso Primer Festival del Libro en el que distribuye en una semana quince mil volúmenes compilados de los principales autores clásicos americanos, en kioscos de toda la capital. El éxito se repite en Colombia, Venezuela y Cuba sobre la misma fórmula: ediciones de bajo costo y sin intermediarios. El mismo Alejo Carpentier destaca esta riesgosa pero encomiable experiencia.

    Publica Los Adioses (1960), Desengaños del Mago (1961) y Réquiem para un gentilhombre (1962). En 1968 debe emigrar nuevamente a París como consecuencia de su activa participación en favor de la postura indígena y en media de un inusitado fervor por las luchas campesinas. Llega a París con dos manuscritos que se publican el mismo año, El Vals de los Reptiles (México, 1970) y Redoble por Rancas (1970), finalista del Premio Planeta en Barcelona, tal vez su obra más difundida, en la que denuncia explícitamente los abusos perpetrados sobre el campesinado integrado por las comunidades indígenas andinas de Cerro de Pasco.

    El haber participado de esas luchas que relata, transforma a Manuel Scorza en un testigo. Esta obra integra junto con Historia de Garabombo el invisible (1972), El Jinete Insomne (1976), Cantar de Agapito Robles (1977) y La Tumba del Relámpago (1978), un ciclo denominado La Balada (también llamado La Guerra Silenciosa), en la que desde un clima poético fusiona mitos ancestrales e historia reviviendo el realismo social de las desigualdades indígenas. Esta serie ha sido traducida a más de cuarenta idiomas constituyéndose en un emblema de la literatura peruana.

    No obstante haber participado activamente en las luchas, dicha participación lejos de calmar su aspiración lo enfrenta a una conclusión sorprendente: repara en que es posible relatar los hechos, pero a la vez advierte que no participa del verdadero mundo indígena puesto que no comparte su perspectiva mística. Es allí donde reformula su propia cosmovisión del problema: el indígena, al haber sido expulsado por la conquista, se transforma en un mito y en él se refugia para sobrevivir al avasallamiento del que fue objeto. En el mito logran conservar su ser, pero fuera de la realidad histórica. De ese modo el indígena se “encapsula” en la ilusión del mito para sobrevivir a su tragedia: ser un extraño en su propia tierra.

    Con Poesía incompleta (1976) retorna fugazmente a la poética en medio de su fértil producción novelística. Su última novela La Danza Inmóvil (1983) en la que da un giro radical con el ciclo de La Guerra Silenciosa, es el primer volumen de una trilogía, fatalmente inconclusa, dedicada a las guerras revolucionarias de América Latina.

    Enrolado en la corriente posmodernista, este abnegado peruano comprometido con la realidad latinoamericana aboga por un revisionismo crítico de los fracasos de la izquierda a la vez que carga contra la derecha globalizadora. Esta doble lectura de su obra lo ha hecho reconocido más a nivel internacional que en su propia tierra. Un destino que, paradójicamente, lo acerca a la vivencia del indígena.

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