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Año 6 #64 Febrero 2020

La poesía de Scorza

Ofrecemos a continuación dos poesías del peruano Manuel Scorza, autor de algunas de las páginas de mayor trascendencia de las letras latinoamericanas y bastión de la causa indigenista en el continente. Para quien no lo conozca, sugerimos para estas vacaciones la lectura de Redoble por Rancas, su novela más famosa y un antecedente importante para lo que luego fue el “Boom latinoamericano”.

EL DESTERRADO

Cuando éramos niños,
y los padres
nos negaban diez centavos de fulgor,
a nosotros
nos gustaba desterrarnos a los parques,
para que viéramos que hacíamos falta,
y caminaran tras su corazón
hasta volverse más humildes y pequeños que nosotros.

¡Entonces era hermoso regresar!

Pero un día
parten de verdad los barcos de juguete,
cruzamos corredores, vergüenzas, años;
y son las tres de la tarde
y el sol no calienta la miseria.
Un impresor misterioso
pone la palabra tristeza
en la primera plana de todos los periódicos.

Ay, un día caminando comprendemos
que estamos en una cárcel de muros que se alejan...

Y es imposible regresar.

 

 

EPÍSTOLA A LOS POETAS QUE VENDRÁN

Tal vez mañana los poetas pregunten
por qué no celebramos la gracia de las muchachas;
quizá mañana los poetas pregunten
por qué nuestros poemas
eran largas avenidas por donde venía la ardiente cólera.

Yo respondo: por todas partes se oía llanto,
por todas partes nos cercaba un muro de olas negras.
Iba a ser la poesía
una solitaria columna de rocío?

Tenía que ser un relámpago perpetuo.

Yo os digo:
mientras alguien padezca,
la rosa no podrá ser bella;
mientras alguien mire el pan con envidia,
el trigo no podrá dormir;
mientras los mendigos lloren de frío en la noche,
mi corazón no sonreirá.

Matad la tristeza, poetas.
Matemos a la tristeza con un palo.
Hay cosas más altas
que llorar el amor de tardes perdidas:
el rumor de un pueblo que despierta,
eso es más bello que el rocío.
El metal resplandeciente de su cólera,
eso es más bello que la luna.
Un hombre verdaderamente libre,
eso es más bello que el diamante.

Porque el hombre ha despertado,
y el fuego ha huido de su cárcel de ceniza
para quemar el mundo donde estuvo la tristeza.

  • Manuel Scorza
    Scorza, Manuel

    Manuel Scorza (1928/1983) nació en Lima, Perú, en 1928, ciudad a la que regresó luego de pasar su infancia en Acoria, departamento de Huancavelica.

    Estudió en el Colegio Militar Leoncio Prado y en 1945 ingresó a la Universidad Nacional Mayor San Marcos iniciando una etapa de intensa actividad política. A raíz de ello, en 1948, con sólo veinte años de edad, debe abandonar su país padeciendo los rigores del exilio.

    El desconsuelo del desarraigo está plasmado con intensidad en su primer poemario, Las Imprecaciones (México, 1955) que obtiene el Premio Nacional de Poesía tres años más tarde (1958), en oportunidad de su regreso al finalizar la dictadura.

    Su aporte no se limitó a la creación literaria, sino que se extendió a la difusión cultural con su exitoso Primer Festival del Libro en el que distribuye en una semana quince mil volúmenes compilados de los principales autores clásicos americanos, en kioscos de toda la capital. El éxito se repite en Colombia, Venezuela y Cuba sobre la misma fórmula: ediciones de bajo costo y sin intermediarios. El mismo Alejo Carpentier destaca esta riesgosa pero encomiable experiencia.

    Publica Los Adioses (1960), Desengaños del Mago (1961) y Réquiem para un gentilhombre (1962). En 1968 debe emigrar nuevamente a París como consecuencia de su activa participación en favor de la postura indígena y en media de un inusitado fervor por las luchas campesinas. Llega a París con dos manuscritos que se publican el mismo año, El Vals de los Reptiles (México, 1970) y Redoble por Rancas (1970), finalista del Premio Planeta en Barcelona, tal vez su obra más difundida, en la que denuncia explícitamente los abusos perpetrados sobre el campesinado integrado por las comunidades indígenas andinas de Cerro de Pasco.

    El haber participado de esas luchas que relata, transforma a Manuel Scorza en un testigo. Esta obra integra junto con Historia de Garabombo el invisible (1972), El Jinete Insomne (1976), Cantar de Agapito Robles (1977) y La Tumba del Relámpago (1978), un ciclo denominado La Balada (también llamado La Guerra Silenciosa), en la que desde un clima poético fusiona mitos ancestrales e historia reviviendo el realismo social de las desigualdades indígenas. Esta serie ha sido traducida a más de cuarenta idiomas constituyéndose en un emblema de la literatura peruana.

    No obstante haber participado activamente en las luchas, dicha participación lejos de calmar su aspiración lo enfrenta a una conclusión sorprendente: repara en que es posible relatar los hechos, pero a la vez advierte que no participa del verdadero mundo indígena puesto que no comparte su perspectiva mística. Es allí donde reformula su propia cosmovisión del problema: el indígena, al haber sido expulsado por la conquista, se transforma en un mito y en él se refugia para sobrevivir al avasallamiento del que fue objeto. En el mito logran conservar su ser, pero fuera de la realidad histórica. De ese modo el indígena se “encapsula” en la ilusión del mito para sobrevivir a su tragedia: ser un extraño en su propia tierra.

    Con Poesía incompleta (1976) retorna fugazmente a la poética en medio de su fértil producción novelística. Su última novela La Danza Inmóvil (1983) en la que da un giro radical con el ciclo de La Guerra Silenciosa, es el primer volumen de una trilogía, fatalmente inconclusa, dedicada a las guerras revolucionarias de América Latina.

    Enrolado en la corriente posmodernista, este abnegado peruano comprometido con la realidad latinoamericana aboga por un revisionismo crítico de los fracasos de la izquierda a la vez que carga contra la derecha globalizadora. Esta doble lectura de su obra lo ha hecho reconocido más a nivel internacional que en su propia tierra. Un destino que, paradójicamente, lo acerca a la vivencia del indígena.