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Año 5 #53 Marzo 2019

La trama de la mascarada

El 7 de julio de 2017, en Viña del Mar, Chile, sale a la luz la cuarta edición de La nueva novela del extraordinario escritor Juan Luis Martínez. Un libro raro y maravilloso. Lo presentan dos escritores estudiosos de la obra del gran escritor chileno: Jorge Polanco Salinas e Ismael Gavilán.

Esta nueva edición viene con notas manuscritas atribuidas a Juan Luis Martínez de modo erróneo. El verdadero autor de esas notas, Ricardo Cárcamo, que se encuentra entre los asistentes al lanzamiento, no atina a hacer nada para detener este error enorme. Todo parece una nueva broma, muy feliz y demoledora, de don Juan Luis Martínez. Aquí el escritor Jorge Polanco Salinas nos narra todo este suceso tan gracioso, de modo completo y más, en un texto que fue leído en el “coloquio sobre los desbordes de la literatura” en la Universidad Austral de Chile (UACH), de Valdivia.

 

El testigo: Escenas de una tram(p)a

 

Tú lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere,
que yo no debo ni puedo m
ás,
puesto que se tiene por cierto que al
mismo tiempo de su fin y muerte dicen.


Cide Hamete Benengali

 

[1] COMENZAR POR EL FINAL

 

Ricardo Cárcamo: Yo trabajo en Santiago y vivo en Viña; entre marzo y septiembre me desplazo diariamente entre ambas ciudades. Un día temprano me encuentro con Felipe Acuña, escritor viñamarino, quien me cuenta que el 7 de julio de 2017 se iba a lanzar una edición de La nueva novela con anotaciones manuscritas de Juan Luis Martínez. Acuña, sabiendo mi cercanía con la obra de Juan Luis Martínez, me invitó a la presentación. Fui con él al lanzamiento, allí vi a Eliana Rodríguez, la viuda de Martínez. Ella no me vio ni tampoco Patricio González quien también estaba allí como presentador y coordinador general del lanzamiento de La nueva novela manuscrita. Después de la presentación de Ismael Gavilán y Jorge Polanco hubo una recepción. Yo conversaba con Acuña, teníamos la duda de si esta era la tercera o la cuarta edición. Sin embargo, casi tuve un ataque de corazón al ver la nueva edición, la cuarta, la que había sido presentada unos minutos antes. ¡Las anotaciones que aparecían en La nueva novela de 2017 las había escrito yo años antes! Me fui inmediatamente. De hecho, al volver a casa ya estaba poniendo en duda mi propia escritura. Cuando mi señora llegó a casa esa noche, le expliqué la situación. Le dije: “¡qué fantástico que se hayan confundido los apuntes de Ricardo Cárcamo con los de Juan Luis Martínez!” [ríe].

Scott Weintraub: ¿Y qué pasó luego?

RC: Al día siguiente hablé con Patricio González quien era mi amigo desde 1979. Le conté la historia. Sabía que podía hablarle con confianza del tema y sin dobleces. Patricio me dijo, y repitió, que cuando vio La nueva novela manuscrita inmediatamente se dio cuenta de que era mi letra y no de Juan Luis Martínez. Él tiene un ojo gráfico muy desarrollado debido a su trabajo como editor. Fue enfático en señalar que no había visto nada hasta que La nueva novela estuvo impresa y lista para ser enviada a Gavilán y Polanco con el objetivo de que ellos prepararan sus presentaciones. Patricio me sugirió una reunión con Eliana para aclarar el tema. El día 17 o 18 de julio 2017 nos juntamos con Eliana Rodríguez y Patricio González en la cafetería Anayak de calle Quinta en Viña; sin embargo, el día 13 de julio, antes de hablar con Eliana, yo ya había ido a Santiago, a la Galería D21 de propiedad de Pedro Montes, a comprar un ejemplar del libro.

SW: ¿Y qué se concluyó en esa reunión?

RC: Después de esta conversación [con Eliana], en la que estuvo presente Patricio González, me pidieron que yo tomara una determinación en las acciones a seguir. Fui enfático y dije: “devolver el dinero a los compradores y destruir la edición”. Luego respondió Eliana: “que pucha, que Pedro se ha portado tan bien con nosotros, sería feo que se enterara de esto”. Entonces hicimos lo que se podría denominar un "pacto de silencio" para que Pedro Montes no se enterara. Lo cual fue evidentemente una torpeza. Después de esta reunión se produjo una larga pausa. Por cuestiones de trabajo estuve fuera de Viña desde 10 de septiembre de 2017 al 13 de julio del 2018. Durante todo ese tiempo no tuve ningún contacto con Eliana Martínez. Sin embargo, muchos amigos me habían contactado para preguntarme qué pasaba con este tema y eso no me dejaba dormir. Entonces, el jueves 2 de agosto de 2018, me junté nuevamente en la cafetería del Palacio Rioja en Viña del Mar con Patricio González y Eliana Rodríguez. Ahí les exigí, por la memoria de Juan Luis Martínez, su nombre y por un tema ético, tres cosas: primero, que le contaran la verdad a Pedro Montes; segundo, que le avisaran de este tema a Jorge Polanco, Ismael Gavilán y Diego Zúñiga (este último había escrito un artículo en la revista Qué Pasa sobre las anotaciones manuscritas de Juan Luis Martínez) y, finalmente, que esta noticia apareciera en un diario de circulación nacional. El plazo que les di fue hasta el día 31 de agosto, 2017.

SW: ¿Y qué pasó?

RC: Patricio González me comentó que el día jueves 9 de agosto 2018 viajó con Eliana a Santiago a contarle a Pedro Montes lo que estaba pasando. Yo me reuní con él posteriormente. Ahora bien, es importante aclarar que yo lo contacté a él porque Eliana Martínez me lo pidió de una manera muy rotunda siendo que Pedro Montes, como editor de esta edición debiera haberme contactado a mí, para darme las explicaciones del caso. Cuando hablé con él, le dije: “tú eres abogado, sabes jurídicamente lo que puede significar esto y además eres editor de una obra tremendamente importante donde este tipo de cosas tienen que ser cinco veces chequeado”. La solución parche fue ponerme en contacto con Daniel Rosas del diario La Segunda, quien me haría una entrevista. Yo fui claro que las entrevistas tenían que venir luego de la aclaración pública y privadas a Zúñiga, Gavilán y Polanco, por respeto a la obra de Juan Luis Martínez y a ellos mismos. No necesito que me mencionen; insisto, ellos (Eliana Martínez y Pedro Montes) tienen que confirmar un error y nada más. Tengo el honor y el orgullo de decir que Montes y la Fundación financiaron cientos de ejemplares de apuntes de Ricardo Cárcamo [ríe]. (Entrevista publicada en http://www.latinamericanliteraturetoday.org/es/2018/noviembre/ricardo-c%C3%A1rcamo-las-anotaciones-manuscritas-de-la-nueva-novela-del-2017-son-m%C3%ADas-una )

 

[2] EL PRINCIPIO

La primera imagen que conservo de La nueva novela proviene de un regalo.  En el Café Cinema de Viña del Mar, justo donde Juan Luis Martínez –lo supe después- se reunía con sus amigos, me junté con Francisco Sazo, en ese entonces profesor guía de mi tesis de licenciatura, para hablar de filosofía y poesía. En un día de invierno, Sazo sacó de su abrigo humedecido un ejemplar de La nueva novela y me la obsequió. Antes de esa primera lectura no tenía más que vagas referencias extractadas de algunas fotocopias. Al abrirla una hoja se cayó del libro, correspondiente a las páginas que van de la 59 a la 64 [Fig.1] Entremedio unos pies indicaban, hacia un lado y el otro, que la caminata podía continuarse en la página 99. [Fig.2] Todo se podía esperar de La nueva novela, más aún al considerar el mito que circulaba sobre el libro. Estamos hablando de dieciocho años atrás, cuando los estudios dedicados a Martínez y las ediciones de otros textos suyos eran mucho menos que los publicados en la actualidad y, por lo tanto, el nimbo que rodeaba su trabajo se debía también a la dificultad de encontrar sus libros y observar sus objetos. Pasó el tiempo —en el intertanto, leí una ponencia sobre Lihn y Martínez en la Universidad de Chile—, sin saber que esas páginas sueltas eran en realidad un error de imprenta (¡la costura había tenido un problema de encuadernación!). De ahí que al momento de leer considerara la hoja suelta como un juego más de la escritura de Martínez. Era “natural”: el recurso del libro estaba puesto en duda en su poesía, los pasos que apuntan a la página 99 configuran un desplazamiento del sentido y la ruptura de la manera lineal de leer un texto. Más tarde iba a ver en Mal de Archivo de Jacques Derrida el “mismo” gesto de ubicar una hoja que era necesario insertar, “repitiendo” el de Martínez. ¿Cómo no pensar que la presuntuosa hoja que se escapaba del ejemplar era un artificio más del texto y no un error de imprenta? La sorpresa reviste un aspecto crucial en la poesía de Martínez y de ella podían esperarse —para un lector que no la conocía— mecanismos que desarmaban a cada página la lectura habitual del libro.

 

[Fig.1]

 

[Fig.2]

 

***

 

Borrar lo escrito. Volver al inicio: el umbral. La primera imagen de La nueva novela fue un regalo. Así comenzamos y, extrañamente, así también continuamos. La sorpresa que ofrece la poesía de Martínez es parte de su escritura; mecanismos que desarman a cada página la secuencia habitual del libro, si es que hay algo así como un libro. Es, por decirlo así, una fuente de traspiés o de borraduras que no solo competen a La nueva novela. Anteriormente señalé cómo esta llegó a mis manos, junto con la historia de la hoja suelta. Pero falta el relato del segundo texto: pasado el tiempo, gracias a los oficios del poeta Sergio Muñoz, conseguí la caja de La poesía chilena. Comencé a revisarla, y me interesó sobre todo el trabajo de montaje que oculta la palabra violencia entre el cuadernillo y la portada de la caja. Escribí un ensayo referido a la po-ética de Juan Luis Martínez que seguía la pista de la conmoción de la violencia. Pero, por las señas que algunos amigos me daban de La poesía chilena, algo no funcionaba. Al revisar el documental de Tevo Díaz, quien continúa pegando certificados de defunción al modo del poeta, observé que en mi edición solo se encontraba el certificado de Martínez. [Fig.3, 4 y 5] Faltaban los de Neruda, Mistral, Huidobro y De Rokha; es decir, otra vez mi ingreso a su trabajo era truncado y puesto en entredicho por la suerte del destino, imprenteros o editores. Una mala jugada en el golpe de dados de Mallarmé. En esa ocasión, paradójicamente aprecié más mis ejemplares, como si la escritura de Martínez trajera consigo una advertencia: no hay señales de rutas, solo trucos, pistas falsas e imposibilidades. Y a la vez me hizo pensar en el significado de entrar a sus textos. A diferencia de la pesquisa detectivesca que indaga las huellas de lo oculto, pensé de nuevo en el umbral: ¿qué significa un libro? ¿Cuál es el espesor del sentido o, mejor dicho, cuándo se acaba o termina un libro? ¿No será la poesía —como dice el poeta palestino Mahmud Darwix— una forma de enmendar un error, un error que, por lo demás, nunca se termina de arreglar?

 

[Fig.3]

 

[Fig.4]

 

[Fig.5]

 

 

Cada vez que uno ingresa provisto de conceptos y nociones ya ganadas de antemano, la poesía nos enseña a andar a tientas. En vez de leer buscando los orígenes, intentando suturar el sentido, me parece relevante ubicarse como un lector que observa los efectos. Como el Aleph de Borges, los ejercicios de lecturas y escrituras son infinitos. Tareas imposibles y, quizás por eso, desafiantes a las barandas de la interpretación.

 

[3] IN MEDIAS RES

Hace algunos años pasé por fuera de una biblioteca en Buenos Aires donde se exhibían por el escaparate las anotaciones de los lectores. Era una estrategia curiosa, contraria a las prohibiciones de los recintos que conocí como estudiante. En la misma época, creo, se exhibieron las anotaciones de Borges a sus libros. El efecto borgeano es complejo, la lectura puede crear una misantropía gozosa, prisionera de páginas sin principio ni fin. Al menos en Cien mil millones de poemas de Raymond Queneau, el libro tiene un límite: 190.258.751 años de lectura. En cambio, en El libro de arena borgeano el número de páginas “es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número”. El argentino no contempla tanto la serie potencial, sino más bien el acontecimiento sutil de la recepción. El comentario articula una actividad infinita; una historia de errores a la altura de los aciertos. Esta ha sido mi aventura con los textos de Juan Luis Martínez: he intentado ingresar a su obra en diferentes ocasiones, pero siempre surgieron equívocos y fallas que profundizaron la imposibilidad. Primero con una hoja suelta de La nueva novela, después con certificados de defunción que faltaban en La poesía chilena, y ahora con anotaciones que no corresponderían al supuesto autor. ¿Quién es Juan Luis Martínez? O, más interesante aún, ¿quién es el lector? ¿Quién mira cuando se mira?

La fotografía de Patricio González que cubre el rostro del poeta, empleada en la portada del cuadernillo de la presentación de La nueva novela anotada, no solo remite a la borradura del autor sino también del lector[[1]] [Fig.6]. Es una estrategia de puesta en abismo (mise en abyme), una mirada que lleva a otra, resplandeciendo en la confusión el lugar de la lectura [Fig.7]. La literatura de izquierda, decía Damián Tabarovsky, no le tiene miedo a equivocarse y a narrar la descomposición. Creo que también podría advertirse aquello en el lector. Extraviado y perdido en páginas que se responden espejeándose, solo queda danzar en el abismo y la charada. La poesía contemporánea propicia esta historia de los fracasos. Sin querer ser una justificación, también podríamos observar esta derrota en un plazo más largo: historias de tropiezos, inseguridades e invenciones dichosas en el extraño lugar que crea el arte y sobre todo la literatura en sus desbordes. El 27 de septiembre de 1988, en El Mercurio, Luis Vargas Saavedra preguntaba si Martínez existía o si acaso era una invención de Pedro Lastra y Enrique Lihn. No es necesario volver a la conocida sentencia de Barthes acerca de la muerte del autor como nacimiento del lector; basta con explorar en la práctica la insinuación de Vargas Saavedra: Ricardo Cárcamo como un lector que transcribe sus anotaciones de La nueva novela, Eliana Rodríguez que edita esta versión —aparentemente sin saberlo— junto con Pedro Montes, la presentación el año 2017 de este hallazgo, los intérpretes que seguimos estas pistas y multiplicamos lecturas apócrifas. ¿Se llega a un punto en que todo tiene que ponerse en suspensión o entrecomillas? No sabemos quién mira a quien. Estamos extraviados dentro de ese rectángulo que observamos cada vez con mayor suspicacia y fascinación, tanto en la mirilla del cuadro como en el espejo al interior de la fotografía; es decir, las páginas.

[[1]] Patricio González, organizador de la presentación de La nueva novela anotada en Viña del Mar, me sugirió publicar la presentación en un cuadernillo. Apareció un año después: Jorge Polanco Salinas, La borradura: del libro al cuaderno. «La nueva novela» anotada, de Juan Luis Martínez. Ediciones Altazor, Viña del Mar, 2018.

 

[Fig.6]

 

[Fig.7]

 

En el museo imaginario del libro, la mirada es una construcción. Los lectores nos encontramos pasmados en las superficies de las hojas y, de pronto, somos sorprendidos como una extensión de los procedimientos. Todo se vuelve martiniano. La hermenéutica que inquiere desentrañar el sentido pierde las señales de ruta; mejor aún, el horizonte de expectativas se ve obligado a perseverar en el juego. La recepción naufraga cuando busca establecer pretensiones de originalidad u origen. Sin embargo, los comentarios de los comentarios no pierden vigencia. Según cuenta Eliana Rodríguez, ella dejaba trabajar a Martínez solo; ¿esta misantropía del libro hizo que la viuda no reconociera la letra? ¿Cuán importante es la mano del autor? En el otro nudo de la anécdota, se dice que Ricardo Cárcamo fue cercano a Martínez, transcribió en un ejemplar sus notas que tienen a la vez el aspecto de la decantación de sus lecturas y conversaciones. ¿Importa saber si este “enredo” consiste en una trampa? ¿Cómo regresó La nueva novela al poeta? Varias personas con las que he conversado sobre esta edición reparan en la precisión de la letra. Casi sin errores, con pulcritud exacerbada, parece una autografía sobrepuesta. Pero conociendo a algunos amigos obsesos, no me llama la atención que alguien pudiera escribir con ese grado de nitidez. (Con Yenny Paredes cotejamos con lupa la grafía, sin llegar a una respuesta a esta tarea de poesía). Lo que sí parece fascinante es que las anotaciones son un aporte; exceden lo dicho hasta ahora sobre el libro y ofrecen más “pistas” [Fig.8 y 9] Si Ricardo Cárcamo es el lector-autor de estos registros, da la impresión de que, por un lado, fue un agudo observador de palimpsestos y, además, creador inesperado de vectores interpretativos; una especie de Alonso Fernández de Valparaíso o un Pierre Menard autor de Martínez. Por otro lado, la concisión de las anotaciones sugiere una larga conversación con el poeta y su obra, como si se unieran en las percepciones, imbricando un universo que los supera. Estos dos copistas articularían en conjunto los primeros acordes apócrifos de La nueva novela. El placer es que hablamos desde supuestos que hacen de esta historia una trama dudosa y humorística, como le hubiera gustado a Martínez [Fig.10].

 

[Fig.8]

 

[Fig.9]

 

[Fig.10]

 

La confusión de la mano del autor es provocadora. En lugar de remitirse a un original, reenvía al lector. Ya sea Cárcamo y/o Martínez, o bien Cárcamo copista del copista Martínez, conversando entre ellos como Bouvard y Pécuchet, se trata de un desborde de la grafía del autor hacia el comentario del lector sobre su comprensión. Este juego de espejos, casi una escena psicoanalítica que habría sido caldo de cultivo para los filósofos franceses postestructuralistas, anticipa los usos que tenemos hoy de la imagen técnica en los medios digitales y coincide con el efecto del montaje del arte contemporáneo. Con todo, lo inédito es que pasamos del fetichismo de las manos del autor a las del lector. Al mismo tiempo vuelve a plantearnos el umbral, la forma de acceso a La nueva novela, a leerla como hojas sueltas y pensar el poema como un error que busca inútilmente enmendarse. Una historia de las imprecisiones, el collage de lo inacabado, la imposibilidad del “retorno al domicilio propio o materno”; la poesía como casas en movimiento a punto de derrumbarse. En un pasaje de la conversación entre Juan Luis Martínez y Guadalupe Santa Cruz, el primero señala que “lo que más me extraña con el tiempo en ese texto [“La desaparición de una familia”] es que hay personajes: el personaje padre y los personajes hijos, los animales en la casa, incluso, pero la ausencia de la madre, sustituida por la casa seguramente”. A lo que Santa Cruz responde: “La casa como gran madre. Uno sólo puede perderse en la madre. Seguramente los muros son el padre”. Ricardo Cárcamo fue el primer lector que literalmente desarmó La nueva novela y la desplegó en su pieza como el cielo inverso de Un coup de dés de Mallarmé. Los horribles trabajadores que seguimos, apuntamos páginas que se caen como borraduras del sentido en los lindes de la catástrofe chilena. Las hojas sueltas del libro infinito deterioran los cercos de la biblioteca.

Jorge Polanco Salinas
La literatura y sus (des)bordes, I Jornadas
Universidad Austral de Chile
Valdivia, 30 de noviembre de 2018

  • Jorge Polanco Salinas
    Polanco Salinas, Jorge

    Jorge Polanco Salinas es doctor en Filosofía (Mención Estética y Teoría del Arte, Universidad de Chile, Chile, 2014), Licenciado en Filosofía (Universidad de Valparaíso, Chile, 2004) y Licenciado en Educación (Universidad de Valparaíso, Chile, 2004).

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